Gary
Kasparov, campeón mundial de ajedrez, comenzó a jugar y destacar desde que
contaba pocos años de edad, consiguiendo notables éxitos. Parece increíble,
pero alguien lo hizo posible: su madre, que sacrificó su trabajo y sus
aspiraciones profesionales dedicándose por entero a su hijo cuando comprobó
que podría triunfar. Aunque ninguno de nuestros hijos se convierta en una gran
figura del ajedrez, sí que necesitan, al igual que Kasparov, de nuestro
tiempo... y paciencia.
Educar es una labor que exige tiempo. Como en la ascensión
a una montaña, a veces hay que parar, forzar la marcha... o desandar lo andado
porque el camino acaba en un precipicio. Sin embargo, lo importante es legar
a la meta final: educarles como personas con voluntad y criterio, con
autonomía y decisión para enfrentarse a la vida. Y esto no se logra en dos días.
En este mundo de prisas, velocidad y vértigo en el que hay
tiempo para todo menos para el diálogo reposado, la reflexión serena y el
cultivo de la paz de espíritu, es cada día más necesaria la calma y la
paciencia. Sin duda uno de los mejores regalos que podemos dejar en herencia
a nuestros hijos es la costumbre del equilibrio interior y de la paz. Han de
vernos serenos, sin dejar paso a la ira o al enfado por nimiedades; han de ver
que no sacamos las cosas de quicio... Porque la mejor manera de tratar con la
gente es con la mayor calma posible. Se puede comprobar, además, lo fácil que
resulta para los hijos adoptar comportamientos más serenos cuando están
ante una persona tranquila, que no responde con cólera y violencia sino con
un tono de voz sosegado, amistoso y conciliador.
Ellos necesitan de nuestra paciencia, primero, porque en
educación no caben las prisas; segundo, para ayudarles a encarar las
dificultades con calma y serenidad.
Lo que muchos hijos echan en falta es que sus padres no
les dediquen tiempo. Los chicos se dan a la persona que les quieren: Son muy
sensibles al cariño. Y aunque nosotros queremos mucho a nuestros hijos, a veces
ocurre que los chicos no lo notan porque piensan que se les quiere sólo en
teoría. "Dicen que me quieren pero nunca tiene tiempo para explicarme
bien este ejercicio; no tiene tiempo para la partida de ajedrez".
Hay que pasar a la práctica, y han de notar que les
queremos, ganándolos con nuestro cariño, aunque nos ocupe un tiempo que no
nos sobra en absoluto. Es la mejor inversión que podemos hacer. El cariño
casi puede medirse por las horas de trato. Aunque a veces resulta más eficaz el
llamado tiempo de calidad pues media hora a solas con uno de los hijos,
en el momento justo, puede ayudarle más que pasar toda una mañana con él.
Educar no significa reglas severas, autoridad impuesta y
caras largas; pero tampoco lo contrario. Los hijos han de sentir la autoridad,
pero nadie puede afirmar que sufre un menoscabo de autoridad cuando se pasan
por alto, con paciencia, pequeños detalles...
Los errores tácticos son menos importantes que el poseer
una estrategia clara y bien definida. Podemos permitirnos el lujo de cometer
pequeños errores siempre y cuando tengamos las ideas claras.
Los hijos necesitan de nuestra paciencia porque es el único
modo de llegar a su intimidad; hace falta tiempo, roce y trato. Aguantar
desplantes y aprovechar los momentos relajados para dar un gran avance. Interesarse
por lo que interesa a los hijos. Y como su mundo suele ser muy atractivo,
disfrutaremos con ese descubrimiento.
Ganando su corazón tendrán fuerza nuestros consejos; no
basta sólo con el prestigio de padres ni con el respeto y la disciplina: hay
que saber atraerse la disciplina y el afecto de los hijos.
Y eso supone poner atención (con paciencia) a la riada de
pequeñeces (muy importantes para ellos) que cuentan cuando llegan del colegio,
o que quieren decirnos cuando volvemos de trabajar, generalmente cansados.
Hace falta comprender. Y si le comprendemos nos contará, y
le podremos ayudar. Así perderán el miedo a darse a conocer, tan
importante para educar; verán que la sinceridad y la confianza arreglan todo
con una facilidad admirable.
El primer paso, sin embargo, hay que darlo escuchando y
dedicando tiempo a sus problemas que, aunque parezcan nimiedades, pesan como
losas para ellos. Pero si les apartamos a un lado porque nosotros sí estamos
haciendo algo importante (ver la televisión, terminar un informe, descansar o
arreglar un armario), cada vez será más difícil que nos cuenten.
A causa de nuestra poca paciencia estamos cerrando las
puertas a su intimidad y la adolescencia cercana acabará por echar unos cuantos
cerrojos más.
Las cosas no suelen salir del modo previsto, al ciento por ciento. La vida es compleja y la educación de un hijo más. A veces, se portan mal, y tanto que pueden llegar a exasperarnos. Pero las recriminaciones amargas no son un buen camino.
En demasiadas ocasiones, en las consultas de psicólogos y
pedagogos es corriente escuchar de labios de los propios niños castigados que
lo que más les daña, lo que les hiere y atormenta hasta el punto de volverles
locos, es que su padre o su madre anden tras ellos un día y otro, recordándoles
los malos hijos que son, la vergüenza que sienten de tenerlos por hijos y de
haberlos traído al mundo.
Por sorprendente que parezca, el castigo psíquico, una
verdadera tortura psíquica, se da en bastantes hogares y centros educativos.
Nuestros consejos han de ser optimistas y alegres, que
estimulen, que dejen un poco de comprensión y ánimo. Debemos corregir y
aconsejar con gracia, sin hacer tragedias, dejando entrever cariño aunque
estemos serios; el castigo no es buen camino .
Mucho menos conveniente es castigar bajo los efectos de la
ira y de la fuerte excitación nerviosa. Hay que tomarse unos minutos o unas
horas de reflexión y calma con uno mismo para corregir con amor, firmeza y
ciencia pedagógica. Con paciencia podremos analizar mejor la situación y lo
que nos parecía un retraso puede suponer un gran avance. Sin embargo las
explosiones de ira son siempre negativas.
En la medida en que nuestra conducta es madura, equilibrada,
serena y paciente, educaremos a nuestros hijos en la madurez, la serenidad y
el equilibrio emocional.
Si necesitamos estar siempre enfadados y preocupados,
si cuando vemos a nuestro hijo tranquilo y alegre le increpamos inmediatamente
que la vida está para tomársela muy en serio, nuestros hijos crecerán
tristes.
No son recomendables los castigos de carácter físico y más o menos violentos porque:
§ Todos los hijos necesitan de nuestra paciencia, pero a veces alguno requiere una mayor atención. El sexto sentido de los padres avisa cuándo y cuánto es necesario volcarse con cada uno, a causa de una enfermedad, unos problemas en clase, etc.
§
Hay muchos momentos al día para hablar con los hijos y sería un error
pretender actuar cuando existen problemas, en medio de un enfado, etc. Es mucho
más eficaz aprovechar los momentos relajados: antes de acostarse (es muy
conveniente acompañarlos y no enviarlos sólos), durante la merienda, etc.
§
A veces, hay que provocar ciertos momentos, con mucho margen, para
tratar a los hijos. Alguna vez hará falta despejar todo un sábado por la mañana
de compromisos "ineludibles" para acompañar al hijo a jugar al fútbol.
Nadie se sincera cuando le dicen: "Tienes cinco minutos para explicarme lo
que te pasa".
§
Un niño de esta edad puede estar agobiado, por ejemplo, porque le parece
que todos los de su clase son más fuertes o más listos que él. O porque
piensa que cae mal a sus amigos, o que un profesor le tiene manía. Para no
mandarle a paseo hemos de ponernos en su lugar y comprender que eso puede
inquietarle.
§
Nunca es conveniente castigar cuando nos encontramos airados. Hay que ser
sincero con uno mismo para reconocer, primero, que nos hemos enfadado y,
segundo, dejar el castigo para otra ocasión, cuando nos encontremos más
calmados.
§
En educación hace falta un gran sentido del humor y tendencia a
desdramatizar. Hay que disfrutar con los hijos y la perspectiva nos muestra
que muchas catástrofes no eran tales.
§ En casa hemos de procurar que haya frecuentes tertulias de familia o momentos en los que no sea la hora de preguntar la lección, sino ratos en que todos exponen los incidentes y las pequeñas aventuras de la jornada. Donde el padre y la madre cuentan cosas que despiertan el interés de los hijos; donde todos aprenden a vivir en familia. Además recordemos cuanto bien hacen las palabras de ánimo, de consuelo, de comprensión especialmente de amor a nuestros hijos.