Alfonso Aguiló
Midas era un rey que tenía más oro que nadie en
el mundo, pero nunca le parecía suficiente. Siempre ansiaba tener más. Pasaba
las horas contemplando sus tesoros, y los recontaba una y otra vez. Un día se
le apareció un personaje desconocido, de reluciente atuendo blanco. Midas se
sobresaltó, pero enseguida comenzaron a hablar, y el rey le confió que nunca
estaba satisfecho con lo que tenía, y que pensaba constantemente en cómo
obtener más aún. "Ojalá todo lo que tocara se transformase en oro",
concluyó. "¿De veras quieres eso, rey Midas?". "Por
supuesto." "Entonces, se cumplirá tu deseo", dijo el geniecillo
antes de desaparecer.
El don le fue concedido, pero las cosas no salieron como el viejo monarca había
soñado. Todo lo que tocaba se convertía en oro, incluso la comida y bebida que
intentaba llevarse a la boca. Asustado, tomó en brazos a su hija pequeña, y al
momento se transformó en una estatua dorada. Sus criados huían de él para no
correr la misma suerte.
Viéndose así, convertido en el hombre más rico del mundo y, al tiempo, en el
más desgraciado y pobre, consumido por el hambre y la sed, condenado a morir
amargamente, comprendió su necedad y rompió a llorar. "¿Eres feliz, rey
Midas?", se oyó una voz. Al volverse, vio de nuevo al geniecillo, y Midas
repuso: "¡Soy el hombre más desgraciado del mundo!". "Pero si
tienes lo que más querías", replicó el genio. "Sí, pero he perdido
lo que en realidad tenía más valor." El genio se apiadó del pobre
monarca y le mandó sumergirse en las aguas de un río, para purificarse de su
maleficio. Así lo hizo, y todo volvió a la normalidad. A partir de entonces,
nunca más se dejó seducir por la codicia y el afán de riquezas.
La vieja historia del rey Midas se ha interpretado siempre como una
aleccionadora invitación a la templanza. Sólo el que vive con una cierta
austeridad, sin esclavizarse por los deseos de poseer y atesorar, es capaz de
disfrutar realmente las cosas y alcanzar una felicidad duradera.
La familia es quizá el mejor ámbito para cultivar la sobriedad y la templanza.
Educar en esos valores impulsa al hombre por encima de las apetencias
materiales, le hace más lúcido, más apto para entender otras realidades. En
cambio, la destemplanza ata al hombre a su propia debilidad. Por eso, quienes
educan a sus hijos en un torpe afán de satisfacerles todos sus deseos, les
hacen un daño grande. Es una condescendencia que puede nacer del cariño, pero
que también -y quizá más frecuentemente- nace del egoísmo, del deseo de
ahorrarse el esfuerzo que supone educar bien. Como la dinámica del consumismo
es de por sí insaciable, lleva a las personas a modos de ser caprichosos y
antojadizos, y les introduce en una espiral de búsqueda constante de comodidad.
Se les evitan los sufrimientos normales de la vida, y se encuentran luego débiles
y mal acostumbrados, con una de las hipotecas vitales más dolorosas que se
pueden sufrir, pues siempre harán poco, y además ese poco les costará mucho.
Por eso me atrevería a decir que una educación excesivamente indulgente, que
facilita la pereza y la destemplanza -suelen ir unidas-, es una de las formas más
tristes de arruinar la vida de una persona.
Por eso siempre veo con tristeza los signos de ostentación y de exceso de
comodidad. Sufro viendo cómo pierden esa libertad que desaparece en el momento
en que comienza el exceso de bienes. El afán por el lujo lleva consigo un
despojamiento, una apuesta equivocada por lo material que deja a las personas
sin defensas ante los desafíos de la vida. Por eso la tragedia del rey Midas es
plenamente actual en la existencia de muchos. Cuando se centra la atención en
lo material, se trata con menos consideración a las personas y se cae en una
rueda de añoranzas y desasosiegos que incitan al consumo y perturban el
equilibrio del espíritu. Cuanto más tienen, más desean, y en vez de llenarse,
abren en ellos un vacío. Midas supo admitir su error y salió de él. En esto sí
podemos imitarle.
|
|