|
La familia primer agente de la pastoral vocacional |
|
Elías Royón, s.j. E l "Documento de trabajo" que preparaba el Congreso Europeo sobre las vocaciones (mayo 1997), subrayaba que en muchas partes se va tomando conciencia de que "una de las fronteras de la profecía... es la de educar", a la vez se constataba que es éste, el de la educación, uno de los puntos débiles de la pastoral juvenil y vocacional. Para una pastoral vocacional eficaz se necesita una presencia educadora significativa, que sirva de punto de referencia. De aquí que la ausencia de una "mediación educativa" se considera como uno de los principales obstáculos para que se reconozca la presencia de la llamada del Señor y se pueda posteriormente recorrer caminos y procesos vocacionales (nº 70).Ahora bien, si toda la comunidad eclesial debe sentirse llamada a realizar esta "mediación educativa" una responsabilidad particular está confiada a la familia cristiana, que en virtud del sacramento del matrimonio participa, de un modo propio y original, en la misión educativa de la Iglesia, madre y maestra. La familia cristiana como "Iglesia doméstica" en la bella expresión del Vaticano II,(LG 11), ha ofrecido siempre y debería continuar ofreciendo las condiciones necesarias para ser esa "mediación educativa" que favorece el nacimiento y el desarrollo de las vocaciones sacerdotales y religiosas (cfr. Pastores dabo vobís, 41). De otra parte, nuevos elementos han enriquecido la reflexión reciente sobre el tema de la "vocación", entre los cuales destaca el considerar que cada hombre y cada mujer, por el mero hecho de existir, posee una "vocación"; es el "pensamiento providente" del Creador, el "sueño amoroso" de Dios sobre cada criatura, que lo quiere distinto y específico para cada viviente; es una propuesta, un proyecto divino a realizar en el devenir de la historia personal e irrepetible. Se trata, pues, de un elemento constitutivo de la persona humana en su ser de criatura "a imagen" del que le ha llamado a la existencia. La consumación más plena del hombre consiste en realizar este proyecto. Nuestra cultura, por el contrario, rechaza esta manera de concebir la planificación humana; piensa que lo que el hombre de be perseguir con todo ahínco es su mejor "autorrealización". Sin embargo la fe cristiana mirando a Jesús, nos propone la "heterorealización" como plenitud del hombre; Jesús vive continuamente de cara al Padre para cumplir su voluntad (Jn 4,34). Estos elementos de la antropología cristiana están abriéndose paso en las conciencias de los creyentes; pero falta aún bastante para que constituyan parte de una "cultura vocacional' Por eso el Papa en su discurso a los participantes al Congreso Europeo sobre las vocaciones, les exhorta a un trabajo constante a fin de que se promueva "la nueva cultura vocacional en los jóvenes y en las familias". Tomando ocasión de esta recomendación del Santo Padre queremos referirnos aquí, de un modo particular, a la necesidad de que esta "cultura vocacional" cale en las familias cristianas, para que puedan ser en plenitud esa "mediación educativa" tan necesaria para el nacimiento y el desarrollo de las vocaciones eclesiales. La familia está llamada a ser, por su estructura fundamental, "figura educadora vocacional", ya que en ella surgen los primeros brotes de toda vocación, y en ella puede encontrar las condiciones adecuadas para su desarrollo. Por eso es necesario que la familia tenga conciencia de su propio ser eclesial y pueda así prestar este servicio particular a la Comunidad. Desde el Concilio, la familia es presentada bajo este aspecto comunitario de "Iglesia doméstica". Es el lugar de la presencia de Cristo, espacio de oración, lugar de evangelización y transmisión de la fe. No es, pues, simplemente el espacio de los afectos privados, sino también el ámbito donde se conectan las raíces de la identidad de cada persona: la pertenencia a la intimidad de los afectos familiares, más cercanos y estrechos, y la pertenencia a la Iglesia y al mundo. Por eso está llamada a ser un "lugar pedagógico vocacional". El amor entre los miembros de la familia, como comunidad de amor, salta los límites del hogar para hacerse fraterno y universal, integrándose en la comunidad de los hijos de Dios, convocados por el Padre en una comunidad de vida para realizar el Reino de Dios. Donde existe esta dinámica de fraternidad y solidaridad familiar es fácil escuchar la invitación al seguimiento de Jesús en un servicio específico a la Comunidad eclesial; es posible superar las barreras del individualismo y dar espacio a la escucha y al desarrollo de un "proyecto de vida" que considere como posible la vocación religiosa o sacerdotal. La realidad es que la familia durante mucho tiempo ha tenido una importancia decisiva en el origen de muchas vocaciones religiosas. Se trata, la mayor parte de las veces, de una influencia indirecta a través del ambiente que en ella se respira y de la vivencia de ciertos valores humanos y cristianos. Al cultivarse actitudes como la comprensión, acogida, cariño, espíritu de servicio, abnegación, fidelidad, religiosidad... es posible que surja la pregunta ¿qué quiere Dios de mí? La familia proporciona a sus hijos dos elementos básicos en la maduración de la persona, y por tanto también en la vocación: un clima-ambiente de relaciones humanas profundamente sano, y un sistema de valores claramente cristiano. UNA MIRADA A LA REALIDAD FAMILIAR Todo lo que hemos dicho hasta aquí, ha sido una realidad en muchos países de los que se suele llamar primer mundo; y decimos "ha sido" porque hoy, al inicio del nuevo milenio, no se pueden hacer las mismas afirmaciones, o por lo menos con la misma universalidad. Para nadie es una novedad el constatar que en nuestro mundo y cultura occidental hay una crisis vocacional. Es cierto que en este cuadro global existen luces y sombras, y que no se pueden hacer generalizaciones que podrían ser contestadas desde situaciones particulares; pero lo que nadie podrá negar es la afirmación de que todavía no se ha remontado la crisis vocacional en bastantes países de Europa y América del Norte, donde los Seminarios y los Noviciados no reciben el número de candidatos que serían necesarios para suplir las bajas por defunción. Por otra parte, no es fácil esquematizar las causas de esta disminución; el fenómeno es bastante complejo y se resiste a una simple descripción de sus características. Una cosa, sin embargo, parece cierta: entre las causas de este complejo proceso no puede quedar fuera el cambio en la configuración y contenido que la institución familiar ha sufrido en estos países durante los últimos años. Los estudios especializados concluyen en la siguiente afirmación: no podemos hablar de la familia como de un grupo humano uniforme e idéntico en su modelo, sino que se ha configurado en modelos múltiples y a veces, incluso, contrarios. Se han generado nuevas pautas de comportamientos y cambios notables en los "hábitos familiares", que han dado lugar a nuevos estilos de convivencia familiar. La familia, en los países de nuestro entorno cultural, tiende a consolidarse como una realidad secularizada; ya no es una realidad íntimamente relacionada con lo religioso, y aparecen con frecuencia formas alternativas a la familia canónica: parejas de hecho, uniones sentimentales... En resumen, la familia ha sufrido en los últimos años cambios rápidos y profundos que, aunque son diferentes de unos países a otros, tienen características comunes, tales como: menos miembros, cambio de sistema de valores tanto de los padres como de los de los hijos, disminución de los valores éticos, morales y religiosos, ausencia de la madre en el hogar a causa de su inserción en el mercado del trabajo, falta de estabilidad debido al aumento de las separaciones y divorcios... Todo este conjunto de circunstancias ha supuesto un cambio importantísimo en lo que la familia significaba para la motivación vocacional. La familia ha dejado de ser semillero de vocaciones, como lo fue en muchos países en tiempos pasados. Los cambios sociológicos, culturales, económicos y religiosos que hemos enumerado de una manera global más arriba, constituyen la causa principal de esta disminución de vocaciones de procedencia familiar. Sin embargo, parece necesario extender nos un poco más en algunas de ellas. El factor demográfico ocupa un lugar importante entre las causas de origen familiar del descenso de vocaciones. Un dato constatable es que las vocaciones florecen más en las familias numerosas. Pero las familias son cada vez menos numerosas. La evolución decreciente de la tasa de natalidad y del número medio de hijos por mujer en los países de la Unión Europea, por ejemplo, es constante, y en ella se encuentran los países de más baja natalidad del mundo (Italia y España). Pero además de estas razones demográficas, existen otras de índole ideológicas y religiosas que propician el declinar de la familia como agente vocacional. La cultura postmoderna que sobrevalora el éxito y la eficacia, a la vez que fomenta la mentalidad con sumista y pragmática ha calado fuertemente en la familia; los padres se niegan a aceptar la vida religiosa o sacerdotal para sus hijos (su hijo/a) porque son opciones de vida no rentables. En este sentido se ha operado un cambio de valoración importante en el seno familiar respecto a la posible vocación sacerdotal o religiosa de los hijos. El crecimiento económico ha supuesto que los padres desean para sus hijos lo que consideran mejores condiciones materiales y ciertamente la perspectiva vocacional no lo es. En las familias la consideración social de los sacerdotes y religiosos ha cambiado también notablemente; antes se consideraba como un cierto prestigio social, tener un hijo o una hija religiosa o sacerdote; hoy, ha desaparecido tal consideración. Los medios de comunicación social han contribuido fuertemente al deterioro de la imagen de los sacerdotes y religiosos en el seno familiar. Es necesario reconocer al mismo tiempo el lado positivo que tiene este nuevo comportamiento, en cuanto supone una mayor libertad en la elección; sin que por ello dejemos de reconocer la repercusión negativa que este ambiente materialista tiene en el nacimiento y aceptación de la vocación en el ambiente familiar. Con frecuencia cuando en una familia los padres saben que el hijo o la hija tiene planteada la pregunta sobre la vocación religiosa, lo que antes veían con buenos ojos, participar en la comunidad cristiana, prestar servicios desinteresados de voluntariado... pasa a ser prohibido, bajo pretexto de que va a descuidar los estudios. Desgraciadamente, sin caer en la cuenta que al prohibirle asumir experiencias de gratuidad y servicio asequibles a su edad, le están privando de una experiencia decisiva, no ya para la vida religiosa, sino para que pueda ser una persona consciente de que en el mundo no existe sólo él, una persona que cultiva valores profundamente humanos y espirituales en una sociedad en que cada día es tos valores pierden terreno. La cultura actual caracterizada por cultivar sólo los compromisos a corto plazo, y el alto índice de rupturas matrimoniales son estímulos constantes para que los jóvenes no se comprometan de por vida en el seguimiento de Jesús en la vocación religiosa. Hoy cuando disminuyen las vocaciones, crece el número de jóvenes generosos que desean emplear algunos meses o incluso años de su vida en servicios de asistencia social en el tercer o cuarto mundo; pocos en cambio, se sienten atraídos y con fuerzas para comprometerse en un estilo de vida que comporte un compromiso perpetuo. No deja de ser llamativo que familias que se confiesan cristianas, e incluso practicantes, sean con frecuencia obstáculo a la vocación de sus hijos. Así lo recoge en varias ocasiones el documento de trabajo preparatorio del Congreso Europeo sobre vocaciones (mayo1997): "no son pocas las familias cristianas -a tenor de los datos registrados en el momento de ingreso en los seminarios y noviciados que se oponen o no aprueban la opción vocacional de los hijos, sobre todo, si es para la vida religiosa" (nº 37; también nn. 31, 61). Exponemos a continuación algunas razones de carácter religioso que pueden ser causa de este tipo de comportamientos, que ha hecho que las familias no puedan ya ser consideradas como cauce primario de vocaciones eclesiales. Con frecuencia la primera razón se da, paradójicamente, en familias comprometidas en diversas instituciones eclesiales. El énfasis creciente sobre la responsabilidad de los laicos en la Iglesia, lleva a bastantes jóvenes a realizar su compromiso cristiano como laicos, sin preguntarse con total sinceridad dónde quiere Dios ser servido. Y no faltan padres de familia que ante la insinuación de un hijo de que se está planteando la cuestión vocacional, reaccionan diciendo que hoy "lo que la Iglesia necesita son laicos comprometidos", o que "el futuro de la Iglesia depende de los laicos"... Antes, la vida religiosa o el sacerdocio parecían ser el único camino para entregarse al servicio del Señor o del prójimo; y estaba extendida la idea de la vida religiosa como único camino de perfección. Hoy, al contrario, se dice frecuentemente entre familias de un cierto compromiso eclesial, que también en el matrimonio y en el mundo se puede aspirar a la santidad y servir a la Iglesia. Ciertamente, no están fuera de razón estas afirmaciones y respuestas, pero a la vez debemos confesar que reflejan una cierta confusión y una falta de formación en lo que se refiere a la identidad de la vocación religiosa y sacerdotal. Quizás como reacción a una insistencia desproporcionada de tiempos pasados sobre el valor y la importancia del ministerio sacerdotal y de la vida religiosa en la Iglesia, se ha pasado más o menos abiertamente que el laicado es una forma de vida superior o más en consonancia con las circunstancias actuales. Pero tal vez esta situación está reflejando la falta de claridad en el pueblo de Dios sobre el papel y la identidad de la vida religiosa en la comunión eclesial. Así lo reconoce la exhortación postsinodal "Vita Consacrata" cuando afirma: "en estos últimos años se ha advertido la necesidad de explicar mejor la identidad de los diversos estados de vida, su vocación y su misión en la Iglesia" (n2 4). Esta mejor explicación de la identidad de los diversos carismas en la Iglesia, no tiene como finalidad sólo el aclarar conceptos teológicos, sino sobre todo instruir al pueblo cristiano, haciendo así que los diversos carismas sean más útiles a la misión de la Iglesia, al poner de relieve su peculiaridad como dones del Espíritu. En este apartado de razones de carácter religioso que han erosionado el papel de la familia con relación a las vocaciones, no podemos dejar de mencionar el proceso de secularización al que está sometida la familia en nuestro mundo occidental. Podemos decir que está soportando una doble dinámica: de una parte, la familia cada día se hace menos practicante, aumentando el número de las que se confiesan indiferentes o incluso agnósticas; y por otra, muchos padres creyentes no consiguen transmitir su fe a los hijos; se encuentran incapaces de mantener un ambiente cristiano en el seno del hogar; ellos han conservado las práctica religiosas, pero los hijos, una vez pasada la adolescencia, las abandonan. Así muchos jóvenes no reciben una adecuada formación religiosa y espiritual, lo que conlleva la imposibilidad de captar el significado de la vida religiosa y en consecuencia el acoger la llamada del Señor. UNA MIRADA DE ESPERANZA El cuadro descrito nos invita excesivamente al optimismo, y si embargo todavía queda un espacio para la esperanza. Es cierto, la familia, siendo la más universal y básica de las instituciones humanas, se ve íntimamente afectada por los profundos cambios que se están produciendo en este final y comienzo del milenio; cambios tan significativos como son los de carácter social, religioso, económico, político, cultural... Pero precisamente por ser la unidad básica de la sociedad, siempre ha sobrevivido a pesar de las crisis y de las dificultades de todo tipo. La familia está en un momento de búsqueda de un nuevo sistema de valores que integre aquellos que se consideran perennes y los que se abren camino en este período de transformación y cambio por el que está pasando. La familia se encuentra ya en el proyecto creador de Dios; es la sabiduría de los viejos textos veterotestamentarios la que proporciona los grandes rasgos del proyecto creador de Dios que culmina en la creación del hombre, varón y mujer; un "nosotros" que pluraliza el ser del hombre creado a imagen y semejanza de la pluralidad unitaria del Dios uno y trino. El Concilio Vaticano II deduce del hecho de la creación del hombre la paternidad divina (GS nº 24,10), extendida a todos los hombres considerados como una gran familia, la familia de Dios. Consecuentemente, la estructura familiar es esencial a la sociedad y se encuentra en ella desde los orígenes. La fraternidad humana como miembros de una sola y verdadera familia no es una consideración utópica, sino una realidad del ser humano. El Concilio también ha considerado la familia desde la nueva situación en que toda la realidad se encuentra desde la encarnación del Verbo en Jesucristo. La familia cristiana es considerada desde una comprensión eclesial como "iglesia doméstica", y así será presentada por el Magisterio de Pablo VI y Juan Pablo II. Desde una perspectiva tanto sociológica como teológico, la familia, pues, se muestra como una institución perenne que ha sobrevivido a los más variados cambios sociales. Sobre esta base se debe apoyar la reflexión y la praxis pastoral en torno a la familia como "cauce vocacional", como agente primario de la pastoral vocacional. La tentación más fácil ante la realidad actual que hemos presentado, sería la de aceptar que no se puede contar ya con la familia como un cauce vocacional y la de no esforzarse por recuperar su papel de "mediación educativa" para el nacimiento y el desarrollo de las vocaciones. Sin embargo, es necesario reaccionar ante tal tentación y, como he sugerido al inicio de estas páginas, tener presente que la familia está llamada a ser figura educa dora vocacional"; por su parte la pastoral deberá hacer lo posible porque lo sea realmente. Aquí juega un papel fundamental la convicción de que toda pastoral es, debe ser, originariamente pastoral vocacional. Así se expresa el documento final del Congreso Europeo sobre las vocaciones: "decir vocación es tanto como decir dimensión constituyente y esencial de la misma pastoral ordinaria, porque la pastoral está desde los comienzos, por su naturaleza, orientada al discernimiento vocacional. Es este un servicio prestado a cada persona, a fin de que pueda descubrir el camino para la realización de un proyecto de vida como Dios quiere, según las necesidades de la Iglesia y el mundo de hoy" (nº 26). En el caso de la familia, la pastoral familiar deberá ayudarles a descubrir un aspecto de su vocación específica, la de colaborar con la gracia en la creación de un ambiente tal que los hijos puedan situarse libremente ante el proyecto de Dios sobre sus vidas; como "iglesia doméstica" deberá sentir el desafío de provocar en su interior la escucha de la llamada de Dios, la acogida del don ofrecido y la aceptación de la responsabilidad en orden a comprometerse con la voluntad divina. En este sentido, el documento preparatorio del Congreso Europeo sobre las vocaciones sugería que es necesario ayudar a las familias cristianas para que lleguen a ser conscientes de su insustituible responsabilidad en la Iglesia, como el lugar más apropiado para el origen y crecimiento de la vocación. Tal vez es posible que a las familias no se les pida que normalmente hagan la propuesta vocacional, sino que creen el clima de fe que garantice la libertad de los hijos frente a las opciones de vida (nº 62). Pero esto supone que la pastoral general, y en particular la pastoral familiar, ha integrado la pastoral vocacional como objetivo propio, como he sugerido más arriba. En realidad si la pastoral no llega a poner al oyente ante la pregunta ¿qué debo hacer?, no es pastoral cristiana; la pastoral deberá actuar de tal modo que manifieste de manera clara que Dios tiene un proyecto y un don para cada hombre, y suscite un deseo de respuesta y compromiso personal. La pastoral familiar, pues, debe educar gradualmente a los padres a ser los primeros animadores y educadores vocacionales, como parte integrante de su papel de educadores en la fe de sus hijos. La vocación es un don gratuito de Dios, pero según el plan divino es necesaria la colaboración del hombre; por ello pienso que se puede afirmar que en el futuro las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, no estarán garantizadas, humanamente hablando, mientras no tengamos familias cristianas con clara conciencia eclesial de su responsabilidad evangelizadora, es decir, familias donde se integran la calidad de relaciones intrafamiliares, y la sensibilidad para los va humanos y espirituales de las jóvenes generaciones con la dimensión de la fe cristiana. En estos ambientes familiares no será difícil que surja la pregunta sobre la concreción del proyecto de Dios sobre cada persona, y el deseo de responder a él. Se considerará la vocación de un hijo o una hija como una situación de gracia para la familia; en ella se aprenderá algo que sale fuera de los esquemas normales del "sentido común", y que sólo desde la fe y la sintonía con el evangelio puede comprenderse. En este clima será posible superar también la tentación, tan presente hoy, de querer asegurar el futuro de los hijos; por ejemplo, la tentación de algunos padres de persuadir al hijo con vocación, que acabe los estudios antes de entrar en el noviciado o en el seminario; así, se dice, tendrá algo "seguro" si fracasa en la vocación religiosa. En realidad se intenta asegurar el futuro del hijo, su felicidad, si tenerle en cuenta. Sin mala voluntad, es un modo de alargar los tiempos con la esperanza inconsciente de que no se lleve a término el deseo vocacional. Una pastoral familiar que integre la dimensión vocación deberá educar también a los padres a dialogar con los hijos sobre sus concepciones religiosas y el modo de entender el seguimiento de Jesús. Con frecuencia en el seno de las familias cristianas existe una ruptura o foso generacional en el campo de lo religioso entre padres e hijos. De esta simple descripción, creo que se debe sacar una conclusión muy importante: los animadores de la pastoral vocacional de los Institutos religiosos y de las diócesis deberían tomar más consciencia de la importancia que tiene la familia para la promoción vocacional, y en consecuencia deberían crear más amplias relaciones de colaboración con los muchos movimientos especializados que existen hoy de pastoral familiar. Algunos estudios sociológicos indican que aquellos Institutos religiosos que tiene en su - entorno una buena pastoral familiar, van viendo aumentar, aunque todavía tímidamente el número de vocaciones. Por otra parte, ya existe una realidad prometedora en las Comunidades Neocatecumenales y de la Renovación Carismática, donde como es conocido, se cultiva mucho la pastoral familiar. Otra conclusión va en la línea ya apuntada, de la necesidad que hay de dar a la pastoral un claro planteamiento vocacional. El Documento final del Congreso Europeo sobre las vocaciones lo subraya fuertemente (nº. 26ss), llegando a afirmar que "la pastoral vocacional es, hoy, la vocación de la pastoral: constituye, quizá, su objetivo principal, como un desafío a la fe de las Iglesias de Europa. La vocación es problema grave de la pastoral actual"' Pero tales declaraciones y recomendaciones no dejan de ser todavía buenas intenciones, en la mayoría de los casos. Se necesita una acción conjunta, de toma de conciencia en primer lugar, para continuar con un programa bien definido donde se proyecten realizaciones concretas en los diversos aspectos de la pastoral. Termino con unas vigorosas recomendaciones del citado Documento: "Si la pastoral en general es "llamada" y espera, hoy, ante este desafío, debe ser probablemente más valiente y leal, más explícita para legar al interior y al corazón del mensaje-propuesta, más dirigida a la persona y no sólo al grupo, más hecha de compromiso concreto y no de vagos reclamos a una fe abstracta y alejada de la vida". No faltarán las dificultades, pero ciertamente hay un espacio para mirar a la familia con esperanza de que vuelva a ser el agente primero de la pastoral vocacional. |