Testimonios

Vicente Rubio, sacerdote dominico

" Hace ya mucho tiempo, cierta tarde participaba yo, más como observador y crítico que como orante, en una asamblea de oración, impropiamente llamada "carismática". Había más de trescientas personas. De pronto me di cuenta de una cosa. Nadie de los que cerca de mí estaban orando se expresaban en nuestro idioma castellano. Ni siquiera oraban en voz alta, según costumbre, alabando intensamente a Dios ... ¡ CANTABAN ! ¡CANTABAN SIN SER CANTORES!. Y cantaban con una melodía que en nada se parecía los cánticos antiguos o modernos. Lo más raro es que cantaban con palabras desconocidas. Fue una música sublime, pura, espiritual. Sólo Dios se dejaba sentir en ella.

Todo semejó a un orfeón gigantesco que, sin perder su elevación divina, comenzó suave, siguió creciendo, hasta alcanzar un clímax rotundo; al llegar a ese punto, era como una nota o un acorde inmenso, poderoso y fuerte. Cielos y tierra, la Iglesia y la creación entera cantaban al Dios infinitamente santo. O como si Dios se cantara a sí mismo, humildemente, en su inmensa gloria y nos dejara escuchar un rato aquí en este mundo la hermosura de su canción eterna. Luego las voces fueron disminuyendo poco a poco hasta que, como sí un invisible director de coro hubiese dado la señal de terminar, la asamblea íntegra cesó de golpe en aquel maravilloso canto.

Me quedé perplejo. Porque los numerosos integrantes de la reunión no eran cantantes profesionales ni aficionados. Tampoco se trataba de ninguna canción conocida. Mucho menos de una entonación más o menos identificable. Era una melodía nueva, espontánea. La armonía misma, juzgada desde el punto de vista musical, resultaba rica, por no decir riquísima. Recordaba de lejos las composiciones sagradas alemanas, más armónicas que melódicas, llenas, intensas. Nada pregunté sobre aquello. Dirigí discretamente mi vista a la asamblea entera. Vi como toda ella se hallaba sumida en un recogimiento profundo. ¡Imposible poner a tanta gente de acuerdo para canturrear tan bien!. Además..., en su mayoría, aquellas personas ignoraban la música. Tampoco había cancioneros ni partituras. Nada de estudio previo... ni ensayos. Únicamente allí se percibía a Dios en su imponente grandeza y en esa tremenda cercanía que El tiene para con nosotros, rebosante de amor.

Cuando regresé a casa, abrí la Biblia para ilustrarme sobre lo que acababa de percibir. Leí el texto del evangelio de San Mateo 26,30, único sitio donde expresamente se dice que Jesús cantó: "Después de cantar el himno, se fueron (Jesús y los apóstoles) al monte de los olivos". ¿Sería el canto que yo había escuchado aquella tarde una participación del canto que Jesús entonó en la tierra y sigue entonando en el cielo para alabanza y gloria del Padre por el poder de Espíritu Santo?. Podía ser, pero aquel pasaje bíblico de San Mateo no me ilustró demasiado acerca de lo que tanto me inquietaba. Leí Hechos de los Apóstoles 16,25. Allí se relataba que estando Pablo y Silas presos en la cárcel "a medía noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios ". Quizás lo que Pablo y Silas cantaban a Dios se pudiera parecer a lo que yo había oído en la asamblea aquella tarde, pero el texto sagrado tampoco me aclaraba mayormente lo que anhelaba saber.¿ Qué hacer? Tratar de esperar con paciencia, a ver si se presentaba una nueva oportunidad.

Pronto se presentó el día esperado. Esta vez hallábanse a mi lado personas conocidas. Su voz y su gusto para cantar no rebasaban los límites de lo común y ordinario. De repente, cuando estábamos en oración intensa, sin nadie dar un aviso o una orden, comenzó el canto con palabras desconocidas. Todo el mundo participaba en él. A mi entender, resultó mucho más fino que en la otra ocasión . Un juego de melodías y armonías tan extraordinarias se cruzaban por aquí y por allá arrebatando el corazón y envolviéndolo en una atmósfera densa de presencia de Dios, de calma del cielo y serena alegría de la tierra.

Aquello era verdaderamente una sinfonía de voces que sólo podría estar inspirada y conducida por el mismo Espíritu Santo. Al acabar el canto, indagué. La persona que a mi izquierda se hallaba me dijo: "Sí, esto ha sido un canto en lenguas". Di gracias a Dios, porque de nuevo yo había sido testigo del paso del Señor por aquel lugar. Por suerte, un amigo acababa de llegar al sitio de la asamblea en busca mía, porque necesitaba comunicarme una noticia. Cuando salí a la puerta del local, el caballero se adelantó y me preguntó qué coro era aquél, y cómo cantaba tan bien, quién los ensayaba, etc., etc. El se había quedado impresionado igualmente por el orfeón improvisado e inesperado.

Aprovechando el paso por esta ciudad de Santo Domingo de un notable biblista, graduado en la célebre Escuela Bíblica de Jerusalén, hube de consultarle sobre el fenómeno. Entonces me explicó que el canto en lenguas era una modalidad de la glosolalia u oración en lenguas. La única diferencia con orar en lenguas consistía, según él, que en el canto en lenguas el Espíritu Santo no sólo ponía las palabras en boca de los fieles sino también la música.

Cuando alguien sienta que el Espíritu Santo le impulsa a glorificar a Dios Padre por Jesús, el Señor, con un canto en lenguas, si es en una asamblea, hágalo cuando el momento sea oportuno para ello; si está a solas, hágalo siempre con toda la unción que sea posible como si estuviera cara a cara en la Divina Presencia. Porque es un canto de Dios para Dios. A su vez notará que su fe se acrecienta, su caridad se intensifica, su esperanza de poseer a Dios vibra con fuerza, su humildad aumenta. Al mismo tiempo, el gozo, la paz y el poder - sobre todo el poder- para hacer lo que por nosotros mismos nunca seríamos capaces de hacer por nuestro crecimiento propio y por todo lo que signifique ayuda y servicio a nuestros hermanos. Entonces se perdonan las ofensas, se aguantan mejor las burlas, se olvidan las distancias, las durezas se suavizan y prodigamos el bien calladamente y con sencillez.

En mi criterio, el canto en lenguas tiene un inmenso poder. El poder del Divino Espíritu tal como puede ser canalizado a través de una criatura humana. He ahí un canto nuevo para Dios. ¡ El único nuevo !."

Lucien Battaglia

El guitarrista Lucien Battaglia, uno de los más destacados discípulos de Andrés Segovia, resume así las exigencias de un ministerio musical :

"Mantenerse en la humildad, para un artista cristiano, no es más que expresar con sencillez la verdad". ¿Qué tienes que no haya s recibido?, preguntaba el apóstol Pablo; si lo recibiste, ¿por qué te glorias como si no lo hubieras recibido?.

Me esfuerzo en dar el debido valor al trabajo musical: una preparación lo más completa posible en el marco de mis obligaciones. Habiendo hecho todo lo posible, encomiendo a Dios este trabajo inevitablemente imperfecto, para que El se digne bendecirlo y hacerlo fructificar De igual manera, me esfuerzo en superar el miedo y permanecer en paz, orando antes de cada espectáculo, hasta que tengo la certeza de haber obedecido al precepto evangélico: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios... echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.

Para un artista cristiano nos es correcto desear ser exaltado. Guardándonos de todo deseo de vanagloria, nos deshacemos de la principal fuente de temor.

Finalmente, me parece esencial ser transparente delante de Dios, confesando todo pecado que entristezca al Espíritu Santo, y orar para que cada persona del público perciba a través de mí música algo de la belleza, del amor o de la paz del Señor.

Por ello, debo orar para no ser un obstáculo, ya que la vanidad, el orgullo pretendidamente legítimo del artista, es como una mala hierba siempre dispuesta a rebrotar...

La expresión musical no puede estar disociada de su "vector" humano. Tocamos tal como somos, lo que somos; no se pueden hacer trampas. El músico cristiano será, pues, percibido según la verdad de su estado espiritual real.

Esto no implica a priori un elevado nivel técnico: los músicos que empiezan, pueden hacer sentir la riqueza de su vida interior, mientras que los grandes virtuosos pueden ofrecer espléndidas conchas nacaradas pero vacías de toda riqueza espiritual - e incluso humana a veces - .

¿ Somos siempre conscientes de la majestad de Aquel que nos llama?.

¡Celebrad a Dios con la música. celebradlo!, dice un salmo.

¡ Celebrad a nuestro Rey, celebrado porque es el Rey de toda la tierra, porque es Dios ¡.

¡ Celebradlo por medio del más bello cántico!.

Marta Gil

"Hace muchos años que estoy en la Renovación y creo que desde siempre me he sentido llamada a servir en la música. Siempre he sido mimada a nivel de grupo y a nivel nacional. Lo que pasa es que los hermanos me hicieron un pedestal y yo gustosa me subí en él. Era Marta, "superestrella".

Estuve varios años sirviendo en el Ministerio de las Asambleas Nacionales y Regionales; pero, de pronto, un año dejaron de llamarme a grabar la cinta y a la Asamblea Nacional. En mi corazón se abrió una gran herida que tardó mucho tiempo en sanar. No llegaba a entender el porqué de lo que me estaba ocurriendo.

El caso es que esto sólo era el principio de un camino que duraría unos seis años.

Más tarde estuve como servidora en Discernimiento del grupo; pasados dos años se volvieron a elegir nuevos responsables y yo no salí reelegida. A pesar de lo que se dice a los demás, es muy fácil apegarse al poder; pero bueno, aún podía seguir siendo la estrella de música.

De la noche a la mañana, el Señor permitió que nadie se acordara de mí; era como si no existiera . Me sentí como un pañuelo de usar y tirar, y le dije al Señor como el fariseo: "¡Tanto tiempo sirviéndote, tantos años de retiro en retiro, de seminario en seminario, de asamblea en asamblea y ahora me pagas así!"

Es más, en el grupo había 3 seminarios al año y a pesar de seguir en Música ni mis propios hermanos de Ministerio habían contado conmigo para servir en un solo seminario. Una noche me llamaron por teléfono para decirme que un hermano de música había fallado para estar en el último seminario del curso y que si podía ir yo. ¡Menuda humillación!. Yo era el último clavo ardiendo al que se habían agarrado, el último recurso. No sé si me dolió más que que no hubiesen contado conmigo.

En el seminario me encontraba perdida. Sentía que el Señor me había dejado desnuda del todo; que no tenía el don de música. Al llegar el retiro sólo dije al Señor que era Él el que tenía que servir, que yo no era capaz. El día de la Efusión, el Señor me decía: "Los dones son míos y tú has querido apropiarte de mi Gloria con el don de la música. Yo te devuelvo el don no para tu gloria sino para que edifiques mi Iglesia". Y así fue. Sentí que una música nueva nacía de mi corazón y agradecí al Señor que volviera a elegirme para ser su instrumento.

Pero aquí no acabó la historia. Unos meses más tarde, en la Asamblea Nacional, iba yo comentando a una hermana que no entendía todavía mi soledad y lo que el Señor se proponía hacer conmigo. En esto, una hermana a la que hacía tiempo no veía se me acercó y dijo: "Estamos llamados a desaparecer". Fue como si se hiciera la luz en mí y de pronto las piezas del puzzle se juntaron y vi el camino por el que el Señor me conducía. La clave estaba en desaparecer para que Él creciera en mí. A partir de entonces el Señor me reveló muchas más cosas y sentí que tenía que ser pueblo en el pueblo.

A veces, las personas que estamos en música somos inalcanzables subidos en un pedestal. Nuestro don es precioso, pero peligroso si el Señor no es el que conduce nuestra vida. Entonces es cuando surgen los celos, las envidias, la falta de unidad, las indiferencias, la vanidad, las estrellas...

Alguien me dijo una vez que nuestro don es para el que lo necesite. Los ricos rechazan el don de apariencia pobre, los pobres acogen el don porque lo necesitan. Que el Señor nos dé mucha humildad para acoger nuestro don y el de los demás.

El Señor hoy nos invita a confiar en Él. ¡La música es un instrumento tan fuerte, sobre todo para los jóvenes en esta sociedad!. Y nada menos que el Señor nos regala su música para cambiar corazones, para reconocerle como Señor, para sanar, para reconciliar, para alabar en acción de gracias, para adorar su Nombre...

¡Qué hermoso es que el Señor ponga en nuestras manos este don!. Es necesario aceptar retos . Dios nos reta a soñar, a levantarnos de nuestra comodidad y a comenzar un camino nuevo. Es necesario que el Señor nos renueve el don. Es necesario que nuestros responsables conozcan qué es este don.

¡Qué el Señor nos envíe su Espíritu como en un nuevo Pentecostés!  ¡ GLORIA AL SEÑOR ! "