Grandes santos/as -en la historia de la Iglesia- han orado y cantado en lenguas.
Se dice de San Francisco de Asís que:
"Muchas veces, cuando oraba, hacía un arrullo semejante, en la forma y el sonido, al de la paloma, repitiendo: uh, uh, uh, y con cara alegre y corazón gozoso se estaba así en la contemplación".
Y de Santo Domingo de Guzmán :
"En cierta ocasión recordaban haberlo oído hablar en lenguas, cuando lo oyeron rezar en voz alta y todos vieron en que forma oraba... aunque, curiosamente, nadie pudo recordar qué fue lo que rezaba".
En el diario espiritual de San Ignacio de Loyola, en los escritos del mes de Mayo de 1544, aparece con frecuencia la palabra "locuela", que el santo califica de admirable, dada por Dios, y que le producía consuelo y armonía interior: " son palabras misteriosas que suenan a música del Cielo. Duda uno de, si estas armonías, no son el objeto mismo de las gracias".
Santa Teresa de Jesús se expresa así en "Las Moradas" :
"Entre estas cosas penosas y sabrosas juntamente, da Nuestro Señor al alma algunas veces unos júbilos y oración extraña que no sabe entender qué es. Porque si os hiciere esta merced, le alabáis mucho y sepas que es cosa que pasa, la pongo aquí. Es a mi parecer, una unión grande de las potencias, que las da Nuestro Señor con Libertad para que gocen de este gozo, y a los sentidos lo mismo, sin entender qué es lo que gozan y cómo lo gozan. Parece esto algarabía, y cierto pasa así, que es un gozo tan excesivo de/ alma, que no querría gozarse a solas, sino decirlo a todos, para que le ayudasen a alabar a Nuestro Señor, que aquí va todo su movimiento.
Oh qué fiestas haría y qué de muestras, si pudiese, para que todos entendiesen su gozo. Parece que se ha hallado a sí, y que, como el padre del hijo pródigo, querría convidar a todos y hacer grandes fiestas, , por ver su alma en puesto que no puede durar que está en seguridad, al menos por entonces. Y tengo para mí, que es con razón porque tanto gozo interior de lo muy íntimo de! alma, y con tanta paz, v que todo su contento provoca alabanzas de Dios que no es posible darle al Demonio".
Hoy, al comienzo del tercer milenio, Dios nos está invitando a aceptar en el don de lenguas su iniciativa. La novedad de que Él mismo nos dé un lenguaje para la oración, en un tiempo en el que las palabras -aún para expresar la Fe- parecen haber perdido autenticidad y son -en muchas ocasiones- rutinarias, vacías o equivocas. Un lenguaje nuevo, mediante el cual El puede ser intensamente alabado por sus hijos de una manera más pura.
Orar y cantar en lenguas es renovar aquella experiencia de Jeremías: ¡Señor, sabes que no sé hablar"' (Jer. 1,6). O la experiencia del tartamudo de Moisés (Ex. 4,10) Es un modo de cumplir la Palabra de Jesús: "si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos" (Mt. 18,3). Como cualquier otro don del Espíritu, debe ser discernido en su autenticidad y conveniencia. El criterio de discernimiento es "por los frutos se conoce la calidad del árbol".
El canto en lenguas no es una tontería para Dios, aunque así se lo parezca a muchos hombres. Es un arma de guerra contra Satanás y contra nuestro propio orgullo. Es un grito de victoria: Cristo ha triunfado y nuestra fe hace real este triunfo en cada circunstancia particular. Es una oración de paz - la paz del Señor ya está establecida, y en el canto en lenguas la hacemos actuar frente a todo lo que no es paz.