ENCUENTRO  de  PRIMAVERA'07 - CÁCERES
“Familia, un lugar para crecer”
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La 1ª carta de Pedro es una Carta Pascual. Escrita hace casi dos mil años, habla al corazón de los cristianos de hoy, a los cristianos de todos los continentes y culturas. ¡Éste es el milagro de la Palabra de Dios!

        Esta carta llegó a mi vida de una manera nueva en abril del año 94. Aquel año la Pascua de Resurrección fue el 3 de abril. Y los días 23 y 24 de aquel mes tuvimos en Galicia un Encuentro de Matrimonios. A aquel Encuentro no asistieron nuestros tres hijos: Martiño -que entonces tenía 10 años-, Lucía  -que tenía 9- y Olalla -que tenía 2 años-. Quedaron en casa, al cuidado de unos hermanos de la Comunidad, pues el Encuentro estaba pensado sólo para matrimonios. Era la primera vez que Olalla se quedaba sin sus padres y nos contaron al volver que les dio mucha guerra para dormir.

        El lunes 25 de abril por la tarde, notamos que Olalla tenía algo de fiebre. Además, llevaba algún tiempo que cuando se caía le salían unos moratones bastante grandes. La llevamos esa tarde al pediatra. Notamos que el pediatra la examinaba bastante detenidamente. Empezaba a hacernos preguntas sobre sus hematomas y sobre unas manchas pequeñas que nosotros ni habíamos notado. Aprendimos el nombre de aquellas manchitas: “petequias”. Después de media hora, nos dijo que su recomendación era llevarla al hospital inmediatamente. Él creía que la ingresarían. Y así fue. Aquella noche yo volví a casa sola y Javier quedó en el hospital con Olalla. Había dos posibilidades: podía ser “una meningitis que había que tratar urgentemente” o bien una “púrpura trombocitopénica idiopática”; otra palabreja que fue repetida después muchas veces por los médicos durante los quince días que Olalla estuvo ingresada y que significaba, en “cristiano”, una falta de plaquetas muy grave (tenía sólo 5.000 plaquetas); y la palabra “idiopática” quería decir “causa desconocida”.

          Aquella noche en que volví a casa sola, después de atender a Martiño y Lucía y avisar a algunos hermanos de la Comunidad, me senté en el sofá y abrí el libro de las Horas. Entonces descubrí que aquella carta de San Pedro era para mí, para mi situación, para aquel 25 de abril.  Era para mí, seguidora de Jesús de Nazaret. Dios me escribía una carta en aquel momento porque lo necesitaba.

       “Bendito sea Dios padre de nuestro Señor Jesucrito, que por su gran misericordia a través de la Resurrección de los muertos nos ha hecho renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible... Una herencia reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios guarda mediante la fe para una salvación que ha de manifestarse en el momento final. Por ello vivis alegres, aunque un poco afligidos ahora, es cierto, a causa de tantas pruebas” (1ª P, 3-7)

        Así, durante esos quince días yo me sentaba al llegar a casa por la noche y tomaba mi medicina que era la Carta de San Pedro. Entonces, ante la Palabra, me encontraba con la realidad profunda de quién era yo. Era una criatura nueva. Capaz de vivir con esperanza una situación tan humana y tan desequilibrante, como era la enfermedad grave de una hija. Yo era elegida por Dios, amada por Él. Llamada a vivir eternamente.

      “Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real y nación santa, pueblo adqurido en posesión para anunciar las grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1ª P 2, 9-10)

       Esta carta escrita por Dios me llevaba a la realidad espiritual, a mi bautismo. Fuí ungida aquel día como sacerdote, profeta y rey. Llamada por Dios, elegida por Él. No me sentía en absoluto abandonada, sino amada y además me sentía parte de ese pueblo rescatado por Él.

        “Los que en otro tiempo no eráis pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que no habíais conseguido misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia”. (1ª P. 2, 10)

         Ahora os pregunto a vosotros,  ¿tomáis  cada día la medicina?.
         Para que se realice la obra de Dios, para que muramos a nuestro hombre-mujer viejos y nazca el hombre-mujer nuevos, se tiene que realizar un transplante de corazón. Cristo me da su corazón y yo dejo de “amoldarme a los sentimientos y pensamientos humanos”.  Pero este transplante necesita que yo tome diariamente la medicina.
         La medicina que os fortalece en el camino de la fe y que  nos recuerda que somos peregrinos en este mundo y que hay cosas que son muy efímeras y no merece la pena poner el corazón en ellas.

       “Vosotros, acercándoos a Él, piedra viva, rechazado por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, vais construyendo un templo espiritual” (1ª P, 2, 4)

       Hoy, el Señor nos invita a escuchar Su Voz, a escuchar su llamada para salir de la mediocridad. Una vez más tenemos que sentir esta voz que nos invita a no amoldarnos a este mundo. Somos seres espirituales y debemos vivir a la altura, con la dignidad de hijos de Dios.

            ¡TÚ ERES MI AMADO!  Somos amados de Dios

          Un día en que se bautizó mucha gente, también Jesús se bautizó. Y mientras Jesús oraba se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como una paloma, y se oyó una voz del cielo.

  • ¡Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco!

                                            (Lc.3, 21-22)

           El Espíritu de Dios pronuncia estas palabras sobre nosotros: “Tú eres mi amado/ mi amada”. Para llegar a sentirnos amados debemos recorrer un camino que tiene cuatro pasos:

  • SENTIRSE ELEGIDOS

El mundo:

    • Elige a los mejores
    • Dice: “No eres nada especial”
    • Mira la apariencia
    • Vales por lo que tienes

Dios:

    • Elige a cada ser humano. Lo llama hijo/hija
    • Dice: “Te llamo por tu nombre, eres precioso/a”
    • Mira el corazón
    • Vales por tu condición de hijo de Dios y Jesús dió su vida por ti..

       Hay dentro de nosotros una lucha entre la voz de Dios y la voz del mundo y os mostramos tres armas para luchar contra el mundo que nos destruye y nos divide.

  • Desenmascarar al mundo destructor, competitivo, amigo de la rivalidad, aliado de la superficialidad y la apariencia.
  • Buscar personas y lugares donde la verdad sea anunciada, donde escuchemos palabras de vida, donde se nos recuerde nuestra identidad de elegidos.
  • Celebrar nuestra condición de seres preciosos para Dios. Con agradecimiento y alabanza. Dejar la amargura, el pesimismo, la queja y transformarlo en gratitud, bondad, comprensión y entrañas de misericordia.
  • Testimonio del descubrimiento de la vocación como familia y ayuda de los hermanos

 

  • SENTIRSE BENDECIDOS

LLAMADOS A HACER EL BIEN   somos bendecidos por Dios

“Finalmente, tened todos el mismo pensar: sed compasivos, fraternales, misericordiosos y humildes. No devolváis mal por mal, ni ultraje por ultraje; al contrario, bendecid, pues habéis sido llamados a heredar la bendición”
(1ª P 3, 8-10)

       La familia debe ser el lugar por excelencia donde damos y recibimos “bendición”.  Bendición significa “decir bien”, la bendición produce el bien, extiende el bien.
       Los esposos se hacen el bien. Los padres a los hijos se producen bien.
       La palabra bien en término espiritual es mucho más profunda de lo que estamos acostumbrados a percibir en nuestra sociedad.
       La sociedad habla de “bienestar”.  Nos habla de calidad de vida sólo en términos materiales, como posibilidad de consumir, de tener...Dios nos envía el Bien en un sentido  mucho más profundo.

Mi existencia tiene una misión “hacer el bien”

       David era un joven idealista. Tuvo un sueño  en el que Dios le decía: “David, es preciso salvar al mundo, esta sociedad está muy mal y Yo quiero transformarla”. David respondió: “Si, Señor”. Por la mañana, al despertar, David pensó: “Yo quiero transformar el mundo, pero el mundo es muy grande ¿Por dónde comenzar? Voy a comenzar por mi país.  Pero mi país es muy grande. Quizás empiece por mi ciudad. Pero mi ciudad es grande. Voy a comenzar por mi barrio. Pero mi barrio es muy g rande.  Entonces, comenzaré por mi casa”.
       Y, poco a poco, David se fue acercando a su casa, a los suyos, después se fue acercando a su cuarto, a su aposento, a su propio corazón. Y entendió que todo empieza por la transformación del propio corazón.
Con un corazón transformado pudo salir de su cuarto, de sus propios intereses y sus cegueras y fue el comienzo de una gran transformación que le hizo ir más allá de su casa, de su tienda, de los de su carne y sangre y empezar a transformar el mundo.

       Así, cada uno de nosotros es David, llamado a luchar contra algo que nos supera, contra Goliat.
        David es el siervo de Dios, el creyente y Goliat es el mundo. No se puede derrotar al mundo con las armas del mundo, porque moriremos. Podemos vencer al mundo con las armas de la fe. Con la sencillez, la bondad, la ausencia de rencor, la perseverancia, la oración, la confianza. No lo olvidéis el mundo es un gran gigante con pies de barro, en cambio los que hemos recibido el Espíritu de Dios somos fuertes porque el espíritu es más fuerte que la carne.
       Al recibir la llamada a transformar el mundo empieza por ese pequeño territorio que Dios te ha encomendado, empieza por tu familia. Esto nos decía nuestra querida Madre Teresa: “No hay que venir a Calcuta, para transformar el mundo. Empieza por tu familia”.
A ella le reprochaban que no tenía un proyecto político y contestaba: “Mi trabajo es como una gota de agua, pero el océano está hecho de gotas de agua”.

   AMADOS,
                   BENDECIDOS
                                        Y  LLAMADOS
                                                                  PARA UNA MISIÓN

( “Tú eres mi amado” de Henri Nouwen)

 

TODOS SOMOS SERES ROTOS

         Para realizar el camino de la transformación de nuestro corazón es necesario bajar a lo profundo y reconocer nuestra pobreza, reconocer que somos seres heridos, rotos, que somos barro.
       Reconocer nuestra pequeñez. Somos pecadores, poca cosa.
“No tengáis grandes pretensiones, sino poneos mas bien al nivel de la gente humilde”.
       Hay en las familias un gran dolor; nos herimos, nos producimos sufrimiento cuando somos soberbios, cuando no aceptamos nuestras imperfecciones, cuando no somos capaces de reconocer nuestros errores, de perdonar y pedir perdón.
La familia es el lugar donde aprendemos a acoger y ser acogidos. Estamos llamados a hacer de la familia un lugar para habitar en paz con nosotros mismos y con nuestro esposo/a e hijos. Lugar donde se nos acepta como somos y no necesitamos llevar máscara. Lugar donde se dice la verdad pero con amor y por el bien del otro. Asi podremos crecer juntos.
Los padres crecemos espiritualmente cuando acompañamos a nuestros hijos en el itinerario de la vida.
Hasta que llega un momento en que en nuestras vidas podemos alabar y celebrar aún en medio de imperfecciones y sufrimiento. Podemos decir con el salmista: “Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad”.

Os ofrecemos una manera sencilla y preciosa de crecer en familia. Es la oración familiar.
A través de la oración hemos descubierto que todos somos débiles e imperfectos y todos (padres e hijos) nos colocamos al final del día bajo la mirada del Padre, el único bueno, el único santo, el todopoderoso.

  •  Testimonio de oración en familia

 

Abrirnos a la vida de Dios en nosotros no es sólo practicar unos ritos, ir a misa. Dios no está fuera del hogar, Él nos dice “hoy quiero hospedarme en tu casa”. Viene a entrar en nuestros razonamientos, nuetras decisiones personales y familiares.
Entonces se abre una nueva dimensión: la dimensión sobrenatural y nuestra mirada sobre el otro cambia.
Existe la luz natural y es hermosa, con ella contemplamos la creación, las cosas, las personas.
Existe la luz sobrenatural y es aún más hermosa, con ella contemplamos los acontecimientos y las personas desde la mirada de Dios.
Los padres para transmitir la fe necesitamos de las dos luces.

      • La luz de la inteligencia y sensatez.
      • La luz del Espíritu Santo, de la fe, de lo que no puedo comprender, escapa a mi inteligencia.

Una parábola para abrirnos a la bendición de Dios.

El buscador murmuró: “Háblame, oh Dios”; y entonces cantó un pájaro, pero el buscador no lo oyó. De modo lque el buscador gritó: “ Háblame, Dios”;  y un trueno atronó el cielo, pero el buscador no lo escuchó. El buscador miró a su alrededor y dijo: “Oh Dios, déjame verte”; y una estrella brilló resplandeciente, pero el buscador no se dio cuenta. Y el buscador voceó: “Dios, muéstrame un milagro”; y nació una vida, pero el buscador no se enteró. Así que el buscador lanzó un alarido desesperado: “Tócame, Dios y hazme saber que estás aquí”; y entonces Dios descendió y tocó al buscador, pero el buscador espantó a la mariposa y echó a andar.
Moraleja: No te piderdas una bendición porque no se presente como tú esperas que lo haga.
(“Escuchar con el corazón” de Joan Chittister, ed. Sal Terrae)

 

(2ª parte)

  • PARA SER ENTREGADOS

HEMOS SIDO ELEGIDOS, BENDECIDOS… PARA SER ENTREGADOS

Recordemos las palabras de nuestro compromiso matrimonial:
Yo …. Me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de nuestra vida.

Nuestra realización, nuestro proyecto de vida consiste en entregar la vida.
Entrego lo que soy, con mis heridas, mis limitaciones.
Nuestra capacidad de dar, nuestra ofrenda aumenta una vez que somos heridos, cuando hemos sido tocados por el dolor, por la humillación, cuando hemos constatado nuestra fragilidad.
Donde esta nuestra herida está nuestro don.
Os invitamos a mirar vuestras heridas y descubrir que por la resurrección de Jesús se convierten en ríos de agua viva, de ellas puede brotar amargura o puede brotar vida. Sanadas por Jesús brotará un don para los demás, una entrega gozosa y alegre que da sentido a toda nuestra vida.

Parábola de la isla de los Sentimientos.
 “Érase una vez una isla donde habitaban todos los sentimientos. La alegría, la tristeza y muchos más, incluyendo el amor. Un día se avisó a los moradores de que la isla se iba a hundir. Todos los sentimientos se apresuraron a salir de la isla, se metieron en sus barcos y se preparaban a partir, pero el amor se quedó, porque quería quedarse un rato más con la isla que tanto amaba, antes de que se hundiese.
Cuando por fin, estaba ya casi ahogándose, el amor comenzó a pedir ayuda. Entonces pasó la riqueza y el amor le dijo:

  • ¡Riqueza, llévame contigo!
  • No puedo, hay mucho oro y plata en mi barco, no tengo espacio para ti.

Entonces le pidió ayuda a la vanidad, que también pasaba por allí.

  • ¡Vanidad, por favor, ayúdame!
  • No te puedo ayudar amor. Tú estás todo mojado y vas a arruinar mi barco nuevo.

Entonces el amor le pidió ayuda a la tristeza.

  • Tristeza, ¿me dejas ir contigo?
  • ¡Ay, amor! Estoy tan triste que prefiero ir solita.

También pasó la alegría, pero ella estaba tan alegre que ni oyó al amor llamar.
Desesperado el amor comenzó a llorar. Entonces fue cuando una voz le llamó

  • Ven, amor, yo te llevo.

Era un viejecito.  El amor estaba tan feliz que se le olvidó preguntarle su nombre.
Pero al llegar a tierra firme le preguntó a la sabiduría:

  • Sabiduría, ¿quién era el viejecito que me trajo aquí?

La sabiduría respondió:

  • Era el tiempo.
  • ¿El tiempo? Pero ¿por qué sólo el tiempo quiso traerme?

La sabiduría respondió:

  • PORQUE SÓLO EL TIEMPO ES CAPAZ DE AYUDAR Y ENTENDER A UN GRAN AMOR.

3 Testimonio de la perseverancia en el sufrimiento y la bendición de Dios

Al preparar estas enseñanzas sentíamos que Dios está aquí, está cerca, está dentro de tu corazón.
Hay que sentirse pobres. A los pobres los colma de bienes, a los ricos los despide vacios.
Hay que sentir un deseo de buscar a Dios y salir de la mediocridad, ansiar la plenitud. Mira a lo alto, Dios te contempla en tu lucha en medio del mundo y desea darte las fuerzas para el camino. No te conformes a este mundo mediocre. Recibe los sentimientos de Jesús.
Tu conversión es el motor del cambio. Tu conversión no la del otro. Todo empieza en tu corazón.
Deja de echar la culpa al otro. “La mujer que me diste como compañera me engañó.
Las disculpas son cosa del demonio. El aislamiento es cosa del demonio. Las comparaciones son cosa del demonio.
Del libro “San Francisco: Ternura y vigor”
Un investigador, un teólogo, un estudioso visitó un monasterio franciscano mientras investigaba sobre la espiritualidad franciscana. En el monasterio de Asis conversó una tarde con un humilde frailecillo que cuidaba el huerto. Tomando un vaso de vino, hablaban de la santidad. Este frailecillo le dijo al estudioso:
“ Si siente vd. La llamada del Espíritu, atiéndala y procure ser santo con toda su alma, con todo su corazón y con todas sus fuerzas. Pero si, por su debilidad humana, no consigue ser santo, busque entonces ser perfecto con toda su alma, con todo su corazón y con todas sus fuerzas. Si a pesar de eso no consigue ser perfecto por causa de la vanidad de su vida, procure ser bueno con toda su alma, con todo su corazón y con todas sus fuerzas. Si todavía no consigue ser bueno por causa de las asechanzas del maligno, entonces procure ser razonable con toda su alma, con todo su corazón y con todas sus fuerzas. Si finalmente no consigue ser santo, ni perfecto, ni bueno, ni razonable por causa del peso de sus pecados , entonces procure cargar todo eso delante de Dios y entregue su vida a la divina misericordia. Hermano, si hace vd eso, sin amargura, con toda humildad y con jovialidad de espíritu, por causa de la ternura de Dios que ama a los ingratos y a los malos como vd., entonces emezará a sentir lo que es ser razonable, aprenderá lo que es ser bueno, lentamente aspirará a ser perfecto y finalmente suspirará por ser santo. Si hace vd. Todo esto, cada día, con toda su alma, con todo su corazón y con todas sus fuerzas, entonces le aseguro, hermano, que estará vd. En el camino de san Francisco y no estará lejos del Reino de Dios”.

  • Testimonio de la llamada a trabajar por el Reino de Dios