VII  ENCUENTRO  de  FAMILIAS INVENCIBLES

“La cruz como fuente de vida, dicha y gracia”

     
c a m i n o   que tiene   m e t a
  
Internado de los Hnos. Menesianos, 
Nanclares de la Oca (Álava)  +  9 al 15 de Agosto de 2.007

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Crónica del VII Encuentro de Familias Invencibles.   
 

JOB: La historia de una conversión

Siempre se nos ha presentado a Job como un estudio sobre el mal y el sufrimiento. Vamos a contemplarlo como la historia de una conversión.

Vamos a contemplar el libro de Job como una propuesta de Dios para adentrarnos en lo más profundo de nosotros mismos y no para hacer valoraciones filosóficas o morales.

Es fácil identificarnos con Job porque en algún momento de nuestra vida nos hemos encontrado en el abismo, en un callejón sin salida, en un dolor que no tenía sentido y que se nos hacía insoportable.

Llega en un momento oportuno a nuestra vida el misterio de Job pues, como él mismo decía hacía el final del libro, “te conocía de oídas”. Nosotros somos personas, familias con una fe que ha pasado por distintas etapas: primero heredada, después aceptada y asumida en nuestro corazón, más tarde probada en el sufrimiento. Por eso sabemos que la fe heredada, es decir, las respuestas fáciles, el hablar de Dios según otros nos cuentan o porque siempre se ha hecho así… estas respuestas no nos sirven.

Cuando alguien está pasando por un gran sufrimiento –la pérdida de un ser querido-, en nuestro corazón sentimos una gran impotencia: ¿Qué le digo yo?. Y sentimos miedo a hablar, deseamos escapar porque no hay respuestas al sufrimiento. Tal vez podamos o tengamos derecho a decir algo si hemos pasado por esa situación; pero si no conocemos ese sufrimiento, si no podemos ponernos en el lugar del que sufre, nuestras palabras seguramente suenen a vacío.

La experiencia del sufrimiento sirve de ayuda

Los que están en la cumbre aprenden con lentitud. Por eso es tan difícil que los ricos reciban en su corazón la buena noticia del Evangelio. Los que están en el fondo parten con ventaja en la camino hacia la verdad de Dios.

Si deseamos penetrar en el misterio del sufrimiento redentor, es decir si queremos penetrar en el corazón de Dios, debemos bajar a nuestro dolor más profundo. Debemos experimentar  nuestra fragilidad, vacio, nuestro ser abandonado o desamparado. Y esto no sólo durante cinco minutos o por cosas superficiales.

Nosotros somos de un país rico, con una situación próspera y cuando no tenemos grandes sufrimientos, acabamos sufriendo por cosas banales como perder el autobús o porque se nos quemó la comida…

¿Qué es la fe?. Hay una definición de Richard Rohr, un teólogo franciscano de Nuevo Méjico, que me ha sonado a nueva.

La fe es una creación extraordinaria obra de la gracia y de la libertad. Es una elección para la que nos capacita el amor de Dios. Es un encuentro entre dos libertades: la libertad de Dios y la nuestra.

La realidad de la fe es algo dinámico. La fe no conoce descanso, por eso las respuestas que nos servían a los 18 años, ahora ya no nos sirven. Cada cierto tiempo, cuando ocurre algo importante en nuestra vida, cuando sufrimos una crisis, una enfermedad, cuando la vida nos pega un susto, cuando algo se tambalea en nuestra vida, entonces nos preguntamos: “Señor ¿qué significa ahora la fe?. No es fácil.

El crecimiento espiritual es lento, pero Dios es paciente. Ha quedado acuñada la frase de la paciencia de Job, pero el libro de Job nos habla de la paciencia y el amor de Dios y la impaciencia de Job.

Dicen los científicos que cada 7 años mudamos la piel  y las células y que estamos regenerándonos continuamente. Interiormente, espiritualmente también hay en nosotros una renovación, algo cíclicamente va renovándose.

Dios tiene problemas para conseguir que crezcamos, que nos desinstalemos, que el sistema que hemos creado se desmorone. El único modo que tiene se llama sufrimiento.

Parece por tanto que crecimiento y sufrimiento están directamente relacionados, a nivel humano y a nivel espiritual.

Sólo creamos, mantenemos y purificamos nuestra fe y libertad en situaciones similares a las de Job.

Desde Jesús, lo humano y lo espiritual van unidos porque nuestro Dios se ha encarnado, se hizo carne.

La encarnación y el sufrimiento de Jesús nos dicen que Dios no permanece alejado del sufrimiento humano, no es un espectador ante las pruebas de la humanidad. Dios participa con nosotros. Está con nosotros. Esto es lo que da a  los cristianos sentido y esperanza. S. Pablo lo expresaba en Col, 1,24. ”Ahora me alegro de padecer por vosotros, pues así voy completando en mi existencia mortal, y a favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas”.

El hombre busca desesperadamente algo estable, sólido, inmortal, infinito. Y la religión nos dice que eso que buscamos es Dios. Pero luego el Dios invisible se hace visible en Jesús y Él nos revela quién es Dios. Por eso nadie puede llegar a Dios sólo a través de la teología, de estudios o razonamientos. El camino directo para llegar a Dios es a través de encuentros dolorosos con el Dios vivo, en los cuales uno siente que le arrancan la carne y, sin embargo, no muere. Entonces experimentamos en nuestra carne la muerte y la resurrección de Jesús.

Job no conocía a Jesús. No podía contemplar al crucificado, así que se sentó en un montón de estiércol y sufrió, sin respuesta alguna, salvo la que surgía de su propia carne. Job se nos da en la Escrituras como imagen y símbolo de Jesús abandonado en la cruz.

Jeremías prepara el terreno

El relato de Job se escribió probablemente entre el 500 y el 400 a. C., es decir, con posterioridad al exilio del año 587. Sabemos que Jeremías vivía antes del exilio.

En el A.T. se aborda el tema del sufrimiento después de esta experiencia del exilio, cuando todo lo construido se desmorona.

Jeremías presenta un gran paralelismo con Job.

Jeremías se lamenta y discute con Dios su suerte, se encara con Dios.  Reconoce que  es Dios, que es justo y sabio; pero le pregunta, le interroga (Jr, 15,10-21). Es una queja personal tan antigua como el mundo y totalmente actual. “He obrado siempre rectamente y ¿qué he conseguido?”.

Yahvé responde: “Si vuelves a mí, haré que vuelvas y estés a mi servicio; si separas el metal de la escoria, tú serás mi portavoz, que vuelvan ellos a ti, no tú a ellos. Te pondré frente a este pueblo como sólida muralla de bronce, lucharán contra ti, pero no te vencerán, pues yo estaré contigo para salvarte y librarte” (Jr, 15,19)

Es la respuesta de Dios a todos sus profetas y amigos, a sus siervos. Sólo hay una promesa: “YO ESTOY CONTIGO”. No nos proporciona el Señor estrategias, recetas o programas. Sólo la promesa de que está con nosotros.

Hagamos el viaje de Job

El libro de Job anuncia desde el comienzo que no hay correlación entre pecado y sufrimiento, entre virtud y recompensa. Los amigos de Job acuden para consolarle y aconsejarle. Los tres mantienen la postura de que sufrimos, luego hemos pecado.

Los tres amigos hablan de Dios y Job quiere mantener su relación con Dios, Job habla a Dios. Job es el hombre que sufre injustamente y anticipa la figura de Jesús,  que muere injustamente. Los dos nos llevan a la esencia de lo que debe significar la fe religiosa. Los dos amplían las posibilidades de la libertad humana hasta el extremo.

El libro de Job nos trae otra novedad: la relación personal con Dios. Es la vida de una persona y su relación con Dios, es un diálogo y un encuentro personal. Aquí no hay por medio una realidad social (Moisés, David, Abraham…)

Parece ser que el estilo del libro empieza con un lenguaje que tiene que ver con una antigua leyenda (hasta el versículo 21) y termina también con ese mismo lenguaje (seis últimos versículos)

 “Había en el país de Hus un hombre llamado Job…

Era un hombre recto e íntegro que temía a Dios y se guardaba del mal.

Un día en que los hijos de Dios asistían a la audiencia del Señor. En este etapa los judíos pensaban que Dios tenía como un consejo de gente santa, pero ¿entre ellos estaba Satán –el adversario?

Aquí vemos por primera vez que parece que el Bien viene de Dios y el Mal viene de Satán. Hasta ahora el bien y el mal venían de Dios, que premiaba o castigaba.

Amós:  ¿Sobreviene una desgracia a la ciudad sin que la envía Dios?

Éxodo: Dios endureció el corazón del faraón.

Satán plantea a Dios una duda: ¿Es capaz el hombre de amarte desinteresadamente?

Y Dios le da permiso a Satán para que haga lo que quiera, pero a él no lo toques.

Hay dos palabras de origen griego que es interesante explicar:

Simbólico quiere decir reunir. Diabólico quiere decir separar.

El mal siempre separa: el alma del cuerpo, la mente del corazón, los buenos de los malos.

Dios siempre reconcilia, une, cura los opuestos. Dios mantiene unida nuestra persona. El Diablo la disocia. Mientras supongamos que el foco del mal está al otro lado, no hay posibilidad de reconciliación, no hay esperanza. El trabajo de Satán es actuar de acusador.

¿Cómo puede Dios actuar y sanar? Dios puede enderezar cuando nos ha derribado. No podremos ser constructores de puentes, reconciliadores mientras sigamos pensando que nosotros no tenemos nada que cambiar, que el mal está en el otro, que en nosotros todo es rectitud.

Parece que el mal y el sufrimiento no son sólo circunstancias que nos ocurren,  forman parte del plan y de las pautas que nos llevan a Dios. Dios utiliza el bien y el mal a nuestro favor. Estamos tocando el misterio del mal. Dios permite el mal y lo aprovecha para nuestra transformación. .. que da vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no existía  (Rom 4,  17)

En el AT Yhavé es la totalidad de los contrarios, todo procede de Dios, incluso el bien y el mal. Por eso los antiguos hebreos no se preocupaban por el tema del mal.

El libro de Job deja atrás una conciencia ingenua, poco desarrollada en la cual el hombre/mujer no tienen derecho a hacerle preguntas a Dios y da paso a una idea de la persona que vive la lucha interior, que se hace preguntas y le pregunta a Dios.

La oración

Dios permanece en silencio con Job. Sólo habla al final . Durante 37 capítulos, Dios no dice nada. Su fuerza está presente pero es como si quisiera que apareciese Job como protagonista, como héroe.

Los tres amigos de Job:

Elifaz de Temán, Bildad de Suaj y Sofar de Naamat  le dan respuestas, explicaciones. Hacen teología. Esto no sirve de nada a Job, que grita a Dios; está al borde de la desesperación y se dirige a Dios. Es una oración que rompe los estereotipos que nos han enseñado sobre la oración. Es verdadera y auténtica. Esta es la característica fundamental que debe tener la oración.

Job se atreve a enfrentarse a Dios. Le llega a decir:  ¡vaya un Dios eres!.

Esto es propio de la oración de los santos, aquellos que están muy cerca de Dios, parte de un conocimiento profundo. Esta oración da a entender que hay entre Job y Dios una profunda certeza .

Es la relación que mantienen los cónyuges. Los esposos son conscientes de lo que han vivido.  Saben todo lo que se han dicho y se han hecho, bueno y malo. Constatan que sus vidas permanecen unidas. Con una experiencia de 10, 20, ….. años en común es posible echarse la bronca mutuamente, desahogarse, gritarse…

Nuestra historia en común es nuestra verdad.

Dios ama a Job y Job ama a Dios “desinteresadamente”. Ésta es la certeza de esta relación.

“Si se acepta de Dios el bien ¿no habremos de aceptar también el mal?

(Job 2,10)

He aquí el comienzo del misterio pascual. La vida es una mezcla de alegría y pena y hemos de aceptar ambas. Pero la una no es el castigo y la otra la recompensa. Ambas vienen juntas.

Algunos movimientos tendemos a caer en la tentación de gozar de la resurrección sin la cruz, evadir la cruz y predicar un Evangelio de bendiciones continuas. Otros cargan las tintas en la moral, las normas, exigencias y tienen miedo a disfrutar del gozo de Cristo resucitado.

La verdadera alegría no es auténtica si no pasa por el dolor –no por debajo, ni por la derecha o izquierda, ni por encima, sino por el medio.

Ésta es la única alegría cristiana auténtica. Cualquier otra alegría no es sino un encubrimiento del dolor, una evasión y rechazo.

“Si se acepta de Dios el bien ¿no habremos de aceptar también el mal? Y a pesar de todo esto, Job no pecó con sus labios. Por dos veces Satán se equivoca.  


Según la psicología las fases de la pena y la tristeza son cinco:

  1. Rechazo: corresponde a los 7 días de silencio y la respuesta perfecta de Job. Dios me lo dio, Dios me lo quitó…
  2. Ira: es la mayor parte del libro, su enfado con Dios. ¡Ojalá! No existiera el día que nací…¡Ojalá!
  3. Regateo: aparece en determinados momentos, mezclado con la vuelta a la ira.
  4. Resignación:  comienza en el cap 17 y dura poco.
  5. Aceptación:  En el cap 19 y en los dos últimos capítulos en el diálogo final entre Dios y Job.

Es importante no asustarnos ante el sufrimiento y saber que tenemos que pasar por estas fases; no sólo ante la perspectiva de la muerte, sino ante todas las pequeñas muertes que nos acontecen en la vida.

Vamos a analizar ahora a los tres amigos de Job.

1º. Elifaz. Representa la religión como ideología, donde todo esta bien colocado y controlado. Cada pregunta tiene su respuesta adecuada.

Se suele decir que lo contrario del amor es el odio.  Podemos también decir que lo contrario del amor es el control.

La persona que mantiene la fe como ideología necesita sentir que tiene todo controlado. Cuando profundizamos en la fe, como encuentro amoroso con Dios, vemos que debemos dejar el control a Dios y dejarnos sorprender por el amor. Elifaz es bueno, pero le da a Job consejos que no le sirven y parte de la siguiente base: Dios premia a los buenos y castiga a los malos, por lo tanto… “Algo malo has hecho Job. ¡Acepta la corrección de Dios!”

Job necesita ser escuchado. Aquí radica  en la mayor parte la atención redentora para con los hermanos que sufren. No necesitan respuestas, necesitan ser escuchados. Necesitan del don de la compasión. Lo más redentor que podemos hacer por los demás es escuchar y acoger el dolor del otro.

Job descubre que dentro de si hay una esperanza. Es una esperanza que no tiene lógica. Está “más allá de la lógica”. En el NT se la llamará el don del Espíritu, el don de una esperanza creada (1 Cor 13,13). Al final, se le dio el nombre de virtudes teologales a la fe, la caridad y la esperanza porque participan de la misma vida de Dios, en comparación con otras virtudes que eran cualidades ejercitadas, imitadas y desarrolladas. Aquí la esperanza no se crea porque es una comunión con el que es la esperanza y no  una creación humana ante circunstancias esperanzadoras.

Pero esta comunión no es perfecta y constante y vuelve otra vez la ira, la desesperanza. Éste es el combate espiritual de Job. Por una lado tiene la certeza de que lo que le sucede no es un castigo de Dios por sus malas obras, tiene la certeza del amor de Dios; y por otro lado –su lado oscuro- sigue pidiendo la muerte. En el fondo de su corazón lo que pide Job es ser mirado por Dios. En el capítulo 7, como un niño pequeño empieza a suplicar la ternura de Dios. “Cuando me mires ya no estaré”. Se parece a un niño que suplica a su madre: “Mírame, cuídame porque me voy a morir y después de vas a arrepentir de no darme lo que te pido”.

Entra ahora el segundo amigo de Job; Bildad. Representa la ortodoxia de la ley. Vuelve al argumento del primer amigo. Viene a decir a Job: Arrepiéntete, reconoce que te has equivocado y entonces Dios te bendecirá. Son siempre bendiciones materiales. Dios te devolverá todo lo que te quitó.

La respuesta de Job es -una vez más- la fe, que consiste en esperar cuando no se tienen todas las respuestas. Job alaba a Dios y sigue esperando en su misericordia. Implora a Dios de todos los modos posibles y le reclama su mirada, su presencia. ESTO ES FE.

En esta situación habla el tercer amigo Zofar; (cap 11). Llama a Job charlatán. Le manda callar. Le dice: “Dios te castigó, Él tiene razón”. Algo malo ha visto en ti. Dios no tiene dificultad en ver los pecados de los hombres”. Zofar representa la sabiduría religiosa, pero está demasiado seguro de si mismo, de sus opiniones. Aún así Dios lo utiliza y Zofar profetiza y el libro nos regala una profecía hermosa para los sufrientes, los desterrados hijos de Eva. (Job 11, 13-14, 17-18). Es una profecía que recuerda a nuestras profecías en la R.C., somos pobres, orgullosos, pecadores, pero Dios, en ocasiones, habla por nuestra boca.


La verdad es el mejor aliado de Dios

Cuanto más profundamente nos adentramos en el misterio de Cristo, más tenue se hace la línea que separa el gozo y el sufrimiento, como testimonian los que han bajado esa senda. Cuando el corazón se da por vencido sólo importa una pregunta: ¿estamos cumpliendo la voluntad de Dios? Ya no es tan primordial que nos haga sentir felicidad o tristeza. Por eso vemos en Job la tristeza y la aclamación a Dios, ambas mezcladas. Hay en su corazón pena y gozo. Un gozo así es indestructible. Ahora, después de Cristo resucitado, nuestra alegría es Cristo.

No debemos defender a Dios a ultranza, esto no hace ningún bien a Dios. Nuestra tarea es vivir en la verdad.

Simone Weil, una importante pensadora judía dice: “He visto demasiada gente que ama a Cristo pero que no ama la verdad. Por eso me pregunto si realmente aman a Cristo”. El amor a la verdad exige un gran despojamiento de aspectos superfluos que van arropando la religión para llegar a un encuentro más auténtico con Dios.

Ante la actitud adversa de sus amigos, ante las voces negativas de los otros, Job tiene que aferrarse a su fuerza interior. También esto es una lección para nosotros como creyentes. A veces nos veremos asaltados por voces negativas del mundo, de nuestro cónyuge, de nuestros amigos, de nuestros hermanos… Entonces llega la hora de la verdad. Debemos aferrarnos a nuestra conciencia, a nuestra voz interior, y,  guiados por la fe, corriendo riesgos y con la ayuda de nuestro director espiritual, tomar decisiones. Vivir en la esperanza.

“El árbol tiene una esperanza, aunque lo corten, vuelve a retoñar y sigue echando renuevos, aunque haya envejecido su raíz en la tierra, y en el suelo se esté pudriendo su tronco. En cuanto siente el agua reverdece, y echa ramas como una planta joven” (Jb, 14, 7-9)

En todo el cap. 14, hay una bella declaración de esperanza. Ahí está el humilde Job esperando contra toda esperanza. Cuando nos sentimos abrumados por nuestras culpas, cuando somos conscientes de nuestra insuficiencia, cuando se nos hace difícil continuar con nuestra pequeñez y nuestras deficiencias, cuando no nos aceptamos a nosotros mismos, debemos ponernos en contacto con el Job que todos llevamos dentro.  

Los tres amigos iniciarán a partir del cap 14 una segunda ronda siempre en los mismos términos.

La fe de Job da un gran salto hacia delante

En el terreno espiritual no existe el triunfo por la fuerza. Job en su pequeñez y abandono nos va abriendo su alma, pero no es un hombre que se va empequeñeciendo sino que se va haciendo fuerte.

Podemos distinguir dos clases de sufrimiento espiritual.

Ø      El sufrimiento menor: son las pequeñas desilusiones de nuestro ego que tenemos que soportar. Es el sufrimiento que sentimos cuando las cosas no salen como queremos, cuando no se nos reconoce, cuando tenemos que sufrir molestias de la vida.

Ø      El sufrimiento intenso: aparece en las crisis, pérdida de seres queridos, en las rupturas y pérdidas de proyectos importantes de la vida. Supone siempre un reajuste en nuestra vida, un encararnos con la realidad que nos va a hacer crecer.

Un gran problema que tiene la juventud de hoy es que tratamos de evitarles todo sufrimiento menor que empieza en la infancia y entonces es muy difícil dar el salto hacia el sufrimiento mayor.

Este proceso del sufrimiento menor al mayor aparece en todo el libro de Job. Es de esperar que en nuestra vida sea más gradual este proceso de aprendizaje del sufrimiento.

En el NT se identifica a Jesús con el siervo que sufre. Job aparece también como el siervo que sufre.

“Pues yo sé que mi defensor está vivo,

y que Él, al final, se alzará sobre el polvo,

y después de que mi piel se haya consumido,

con mi propia carne veré a Dios.

Yo mismo lo veré,

lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño,

y en mi interior suspirarán mis entrañas”.

Ésta es toda una declaración de fe.

Job no necesita respuestas, ni seguridades, ni tiempos. Es un anticipo del NT, de la venida del Reino de Dios aquí y ahora, independientemente de las circunstancias que rodean mi vida.

Algunos estudiosos piensan que el libro original terminaba aquí. Es como un punto final. En el libro actual hay un segundo turno para los amigos de Job. Ellos continúan  en la misma línea. Muchos cristianos de hoy siguen viviendo en el AT. Sistema de méritos y deméritos. En este sistema sabemos que no nos quieren por lo que somos sino por lo que hacemos. Entonces lo importante son las obras, los actos, pero estos separados del amor. Vemos muchos cristianos que realizan obras para Dios pero no están enamorados de Dios.

He aquí la clave, por la cual Dios necesita desinstalarnos, despojarnos. Tenemos que perder nuestras posesiones, nuestros privilegios para poder estar más cerca del corazón de Dios y conocerlo no sólo de oídas. Todos los santos y santas tuvieron esta experiencia. Es la misma de Jonás en el interior de la ballena, de Jeremías en el aljibe, de Job en el estercolero y de Jesús en la cruz. Parece que éste es el camino para ser verdaderos seguidores de Jesús.

    Hoy Jesús nos pregunta a cada uno.  “Y tú ¿quién dices que soy yo?”

Pero ahora ya no podemos interpretar la pregunta como a los 20 años. Ahora esta pregunta quiere decir algo más. Tú, amigo, ¿qué camino quieres seguir? Quieres ser un amigo verdadero, que crece en la fe, la esperanza y la caridad. ¿Qué camino quieres tomar?. El camino del cumplidor, del creyente acomodado, aburguesado. A ti te digo hoy, “Toma tu cruz y sígueme”, pero no te lo digo como imposición, con dureza. ¿Me amas?. Iglesia ¿hacía dónde caminas? Quiero que camines hacia la verdad, la pobreza, la sencillez.


Job, el siervo pobre, despojado de todo, reivindica la humanidad, no busca la perfección. Hace un elogio del don de la vida. Espera la mirada de Dios para que el Creador le diga: “Estoy contento de haberte dado la vida”.

Job, después de maldecir el día en que nació, les dice a sus amigos: “DECIDME QUE ES BUENO QUE EXISTA”

“Recuerda que tú me formaste.

Me amasaste como arcilla.

Me diste la vida

y me trataste con amor.

En esta relación Job-Dios es donde el hombre avanza en el conocimiento de Dios. “En el temor del Señor está la sabiduría; en apartarse del mal, la inteligencia”.  Dios sólo se deja conocer cuando lo amamos. La vía del conocimiento es el amor. Se deja conocer en una relación personal y afectuosa; no sólo pensando en Él.

Estamos llegando al final del viaje con Job.

En los cap. 29-30-31, Job recuerda su pasado y hace examen de conciencia. Va repasando en concreto los pecados: “No he cometido adulterio, he tratado justamente a los criados, atendí al huérfano y a la viuda, no hubo en mi vida idolatría…”

Entonces entra en escena un nuevo personaje: Elihú.

Es un joven que representa el exceso de celo, el idealismo juvenil, el ego en el servicio divino. Habla con determinación durante un capítulo (32,6 – 33,7). Este personaje tampoco ayuda a Job. Pretende darle clases desde una situación superior. Este personaje nos recuerda -una vez más- que hay que acercarse al dolor desde la humildad. Podemos hacer más cuando compartimos nuestra experiencia que cuando pretendemos enseñar. Recordemos una famosa frase de Pablo VI: “El mundo dará crédito a los maestros únicamente si son en primer lugar testigos”.

Finalmente, Dios habla en el capítulo 38. Ha estado callado hasta ahora.

“El Señor respondió a Job desde la tormenta”.

Dios habla, pero no responde a todas las preguntas que se plantean durante el libro.  Y Job encuentra alivio y consuelo porque Dios le habla.

Esta sensación de alivio la reconocemos bien los esposos después de varios días sin hablarnos. Es maravilloso volver a hablar y volver a estar en comunión. Aún sin palabras, los esposos se están diciendo “estamos juntos en esta empresa”.

El final del libro es el encuentro entre Dios y el hombre. Job está tan emocionado porque Dios le vuelva a hablar, que ya no pide respuestas.

Dios le respondió desde la tormenta. ¿Qué dice Dios?

Ø      Primero hace un recorrido por la creación. Describe la tierra, el mar y, en último lugar, la luz.

Ø      Después describe los animales y lo hace con detalle. Es como si nos dijera: “Los he creado porque amo la belleza, porque soy el amigo de la vida”. Esta expresión aparece en el libro de la Sabiduría (Sb 11,24-27).

Ø      Y termina hablando del hombre. El ser humano es el culmen de la belleza creada por Dios.

El punto de vista de Dios respecto al mal

Dios no da respuestas concretas. Ante el mal nos regala un lugar desde el que podemos mover el mundo o interpretar el mundo. Para ello tenemos que creer en Él, amarle a Él y confiar en Él. Este lugar es la cruz. Por eso los cristianos no podemos explicar el dolor, ni podemos entenderlo sin referirnos a la cruz.

Los santos nos recuerdan continuamente: “No existe verdadero conocimiento sin la fe”. Parece que hay dos sendas para el conocimiento: la oración y el sufrimiento.

Finalmente, Job responde a Dios, se rinde a Dios (Jb 42,1-6): “Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento cubierto de polvo y ceniza”.

En paz consigo mismo y con Dios, Job ya no tiene necesidad de defender o de culpar.


El epílogo final recupera el estilo del principio:

Primero, Dios reprende a los tres amigos por su actitud con Job.

Después, les pide que ofrezcan un sacrifico de reparación.

A continuación, pide a Job que rece por ellos y les perdone.

Y, por último, celebran una comida de comunión.

“Y el Señor bendijo el final de la vida de Job más que al comienzo: llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. Tuvo además siete hijos y siete hijas. A una le puso el nombre de “Paloma”, a otra el de “Acacia” y a otra el de “Frasco de Perfumes” (42,12-14)

Tres opciones en el tema del mal

1ª. Dios no lo puede todo.

2ª Dios no es bueno ni justo.

3ª El origen del mal está en la humanidad.

Los amigos de Job se sitúan en la tercera opción.

Job se sitúa durante el libro en la segunda.

La comprensión del problema del mal, sobre todo del sufrimiento del justo, lo encontramos por la primera vía. Dios no lo puede todo porque ha dejado libre al hombre. La libertad del hombre impide a Dios ser todopoderoso. Dios no quiere imponerse y actuar en contra de la libertad del hombre.

Parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24)

¿Quién siembra las malas hierbas, si Dios lo hizo todo bien?

-          El mundo (la cultura con sus mentiras), el demonio y la carne. Éstos sabemos por el catecismo que son los enemigos.

    ¿De dónde salen las malas hierbas?

-          Nos esforzamos en ser buenos. Pero muchas veces, como dice San Pablo, hacemos el mal que no queremos.

Jesús comprende nuestra lucha: “Lo ha hecho un enemigo”

    ¿Qué hacemos con las malas hierbas?

-          “Dejadlas crecer juntas hasta el tiempo de la siega”.

Nuestra primera intención es arrancar lo malo. Separar lo malo de lo  bueno.

Esta parábola es para aplicarla -en primer lugar- a nuestra vida. A veces, algo que considerábamos malo se ha transformado en bien y aquello que era nuestra riqueza, nuestro mejor trigo, se ha convertido en malo para nosotros.

Después debemos aplicarla a nuestro Grupo, Movimiento… ¿Cuántas veces tenemos la tentación de arrancar? ¿cuántas veces nos engañamos echando la culpa a otros de que el Grupo vaya mal? Y en nuestro corazón deseamos arrancar.

Dios no nos otorga este poder. “Dejadlas crecer juntas”

El camino que se nos encomienda no es tanto arrancar el mal, sino sacar bien del mal.

Llegamos a Dios a través de nuestra imperfección, a través de nuestras heridas. ¿Acaso no es este el mensaje del crucificado? Y nosotros seguimos ansiando la perfección por un camino equivocado.

Debemos recordar que el mejor aliado de Dios es lo que existe. No es lo que debería existir, lo que podría existir. La existencia nos llevará al amor perfecto.

Todo tiene parte de luz y parte de oscuridad; todo, incluso el Papa, la iglesia, nuestro obispo, nuestra parroquia, nuestro movimiento…

El problema no está fuera. El problema no está en que el marido/mujer no sea perfecto. Hay que empezar por uno mismo. Ya hemos conocido al principal enemigo: somos nosotros.

Es un gran alivio vernos libres de la necesidad de arreglar las vidas ajenas.

Pecamos y sufrimos no tanto por nuestra debilidad sino porque somos sencillamente humanos. Ser humano significa ser imperfecto, estar en desarrollo. Podríamos definir la madurez cristiana como la habilidad de vivir con gozo en un mundo imperfecto. Es el único mundo que tenemos.

El mal y el pecado existen y son fuente de dolor; pero no tienen la última palabra.

   Claves para llegar a la etapa final (la aceptación del sufrimiento humano):

Ø      Nuestra naturaleza humana es frágil y vulnerable.

Ø      Dios eligió el dolor de su Hijo para redimirnos. Nos pide que aceptemos nuestra cruz.

Ø      Mi vida no es sólo cuestión mía. Mi vida tiene un sentido al ser ofrecida a los demás. Hay que morir para vivir.

Ø      El cuerpo de Cristo somos todos nosotros que con nuestros sufrimientos estamos completando lo que falta a la pasión de Cristo.

Ø      La historia de la salvación en nuestras vidas no sigue una línea lógica sino que es más bien una espiral de gracia. Lo contemplamos en Job, en Jesús, en los santos.

Ø      Nos salva un Dios que sufre. Sus cicatrices nos han curado. Nuestras heridas llamadas a ser redentoras de otros.

Ø      No hay resurrección sin cruz.

Ø      Por el sufrimiento nos hacemos más compasivos y sensibles al dolor de nuestros hermanos los hombres.

Ø      Sin experimentar nuestros límites y vulnerabilidad no habría comunión sino sólo autosuficiencia.


En la madurez cristiana somos llamados a escuchar la voz de Dios que habla desde la tormenta para que nuestras heridas sean curadas -sacralizadas- , obtengamos perdón para los que nos han hecho daño y podamos sentirnos criaturas nuevas.

Después de esta sanación interior profunda, ya no tenemos que preguntar: ¿Quién tiene la culpa de mis desgracias? Esta pregunta viene del “acusador”.

Si no nos habla la voz en la tempestad, si no hay unos ojos que nos tranquilicen en la tormenta, la humanidad sólo podrá “sentarse entre cenizas y rascarse”.

Pero nosotros hemos oído una historia que es siempre verdad. Una historia que sacraliza todas nuestras heridas.