FOTOS
Crónica del VII
Encuentro de Familias Invencibles.
JOB: La historia de una conversión
Siempre se nos ha presentado a Job como
un estudio sobre el mal y el sufrimiento. Vamos a contemplarlo como la
historia de una conversión.
Vamos a contemplar el
libro de Job como una propuesta de Dios para adentrarnos en lo más
profundo de nosotros mismos y no para hacer valoraciones filosóficas o
morales.
Es fácil identificarnos
con Job porque en algún momento de nuestra vida nos hemos encontrado en el
abismo, en un callejón sin salida, en un dolor que no tenía sentido y que
se nos hacía insoportable.
Llega en un momento
oportuno a nuestra vida el misterio de Job pues, como él mismo decía hacía
el final del libro, “te conocía de oídas”. Nosotros somos personas,
familias con una fe que ha pasado por distintas etapas: primero heredada,
después aceptada y asumida en nuestro corazón, más tarde probada en el
sufrimiento. Por eso sabemos que la fe heredada, es decir, las respuestas
fáciles, el hablar de Dios según otros nos cuentan o porque siempre se ha
hecho así… estas respuestas no nos sirven.
Cuando alguien está
pasando por un gran sufrimiento –la pérdida de un ser querido-, en nuestro
corazón sentimos una gran impotencia: ¿Qué le digo yo?. Y sentimos miedo a
hablar, deseamos escapar porque no hay respuestas al sufrimiento. Tal vez
podamos o tengamos derecho a decir algo si hemos pasado por esa situación;
pero si no conocemos ese sufrimiento, si no podemos ponernos en el lugar
del que sufre, nuestras palabras seguramente suenen a vacío.
La
experiencia del sufrimiento sirve de ayuda
Los que están en la
cumbre aprenden con lentitud. Por eso es tan difícil que los ricos reciban
en su corazón la buena noticia del Evangelio. Los que están en el fondo
parten con ventaja en la camino hacia la verdad de Dios.
Si deseamos penetrar en
el misterio del sufrimiento redentor, es decir si queremos penetrar en el
corazón de Dios, debemos bajar a nuestro dolor más profundo. Debemos
experimentar nuestra fragilidad, vacio, nuestro ser abandonado o
desamparado. Y esto no sólo durante cinco minutos o por cosas
superficiales.
Nosotros somos de un
país rico, con una situación próspera y cuando no tenemos grandes
sufrimientos, acabamos sufriendo por cosas banales como perder el autobús
o porque se nos quemó la comida…
¿Qué es la fe?. Hay una
definición de Richard Rohr, un teólogo franciscano de Nuevo Méjico, que me
ha sonado a nueva.
La fe
es una creación extraordinaria obra de la gracia y de la libertad. Es una
elección para la que nos capacita el amor de Dios. Es un encuentro entre
dos libertades: la libertad de Dios y la nuestra.
La realidad de la fe es
algo dinámico. La fe no conoce descanso, por eso las respuestas que nos
servían a los 18 años, ahora ya no nos sirven. Cada cierto tiempo, cuando
ocurre algo importante en nuestra vida, cuando sufrimos una crisis, una
enfermedad, cuando la vida nos pega un susto, cuando algo se tambalea en
nuestra vida, entonces nos preguntamos: “Señor ¿qué significa ahora la
fe?. No es fácil.
El crecimiento
espiritual es lento, pero Dios es paciente. Ha quedado acuñada la frase de
la paciencia de Job, pero el libro de Job nos habla de la paciencia y el
amor de Dios y la impaciencia de Job.
Dicen los científicos
que cada 7 años mudamos la piel y las células y que estamos
regenerándonos continuamente. Interiormente, espiritualmente también hay
en nosotros una renovación, algo cíclicamente va renovándose.
Dios
tiene problemas para conseguir que crezcamos, que nos desinstalemos, que
el sistema que hemos creado se desmorone. El único modo que tiene se llama
sufrimiento.
Parece
por tanto que crecimiento y sufrimiento están directamente relacionados, a
nivel humano y a nivel espiritual.
Sólo creamos, mantenemos
y purificamos nuestra fe y libertad en situaciones similares a las de Job.
Desde Jesús, lo humano y
lo espiritual van unidos porque nuestro Dios se ha encarnado, se hizo
carne.
La encarnación y el
sufrimiento de Jesús nos dicen que Dios no permanece alejado del
sufrimiento humano, no es un espectador ante las pruebas de la humanidad.
Dios participa con nosotros. Está con nosotros. Esto es lo que da a los
cristianos sentido y esperanza. S. Pablo lo expresaba en Col, 1,24. ”Ahora
me alegro de padecer por vosotros, pues así voy completando en mi
existencia mortal, y a favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo
que aún falta al total de las tribulaciones cristianas”.
El hombre busca
desesperadamente algo estable, sólido, inmortal, infinito. Y la religión
nos dice que eso que buscamos es Dios. Pero luego el Dios invisible se
hace visible en Jesús y Él nos revela quién es Dios. Por eso nadie puede
llegar a Dios sólo a través de la teología, de estudios o razonamientos.
El camino directo para llegar a Dios es a través de encuentros dolorosos
con el Dios vivo, en los cuales uno siente que le arrancan la carne y, sin
embargo, no muere. Entonces experimentamos en nuestra carne la muerte y la
resurrección de Jesús.
Job no conocía a Jesús.
No podía contemplar al crucificado, así que se sentó en un montón de
estiércol y sufrió, sin respuesta alguna, salvo la que surgía de su propia
carne. Job se nos da en la Escrituras como imagen y símbolo de Jesús
abandonado en la cruz.
Jeremías
prepara el terreno
El relato de Job se
escribió probablemente entre el 500 y el 400 a. C., es decir, con
posterioridad al exilio del año 587. Sabemos que Jeremías vivía antes del
exilio.
En el A.T. se aborda el
tema del sufrimiento después de esta experiencia del exilio, cuando todo
lo construido se desmorona.
Jeremías presenta un
gran paralelismo con Job.
Jeremías se lamenta y
discute con Dios su suerte, se encara con Dios. Reconoce que es Dios,
que es justo y sabio; pero le pregunta, le interroga (Jr, 15,10-21). Es
una queja personal tan antigua como el mundo y totalmente actual. “He
obrado siempre rectamente y ¿qué he conseguido?”.
Yahvé responde: “Si
vuelves a mí, haré que vuelvas y estés a mi servicio; si separas el metal
de la escoria, tú serás mi portavoz, que vuelvan ellos a ti, no tú a
ellos. Te pondré frente a este pueblo como sólida muralla de bronce,
lucharán contra ti, pero no te vencerán, pues yo estaré contigo para
salvarte y librarte” (Jr, 15,19)
Es la respuesta de Dios
a todos sus profetas y amigos, a sus siervos. Sólo hay una promesa: “YO
ESTOY CONTIGO”. No nos proporciona el Señor estrategias, recetas o
programas. Sólo la promesa de que está con nosotros.
Hagamos el viaje de Job
El libro de Job anuncia
desde el comienzo que no hay correlación entre pecado y sufrimiento, entre
virtud y recompensa. Los amigos de Job acuden para consolarle y
aconsejarle. Los tres mantienen la postura de que sufrimos, luego hemos
pecado.
Los tres amigos hablan
de Dios y Job quiere mantener su relación con Dios, Job habla a Dios. Job
es el hombre que sufre injustamente y anticipa la figura de Jesús, que
muere injustamente. Los dos nos llevan a la esencia de lo que debe
significar la fe religiosa. Los dos amplían las posibilidades de la
libertad humana hasta el extremo.
El libro de Job nos trae
otra novedad: la relación personal con Dios. Es la vida de una persona y
su relación con Dios, es un diálogo y un encuentro personal. Aquí no hay
por medio una realidad social (Moisés, David, Abraham…)
Parece ser que el estilo
del libro empieza con un lenguaje que tiene que ver con una antigua
leyenda (hasta el versículo 21) y termina también con ese mismo lenguaje
(seis últimos versículos)
“Había
en el país de Hus un hombre llamado Job…
Era un hombre recto e
íntegro que temía a Dios y se guardaba del mal.
Un día en que los hijos
de Dios asistían a la audiencia del Señor. En este etapa los judíos
pensaban que Dios tenía como un consejo de gente santa, pero ¿entre ellos
estaba Satán –el adversario?
Aquí vemos por primera
vez que parece que el Bien viene de Dios y el Mal viene de Satán. Hasta
ahora el bien y el mal venían de Dios, que premiaba o castigaba.
Amós: ¿Sobreviene una
desgracia a la ciudad sin que la envía Dios?
Éxodo: Dios endureció el
corazón del faraón.
Satán plantea a Dios una
duda: ¿Es capaz el hombre de amarte desinteresadamente?
Y Dios le da permiso a
Satán para que haga lo que quiera, pero a él no lo toques.
Hay dos palabras de
origen griego que es interesante explicar:
Simbólico
quiere decir reunir. Diabólico quiere decir separar.
El mal siempre separa:
el alma del cuerpo, la mente del corazón, los buenos de los malos.
Dios siempre reconcilia,
une, cura los opuestos. Dios mantiene unida nuestra persona. El Diablo la
disocia. Mientras supongamos que el foco del mal está al otro lado, no hay
posibilidad de reconciliación, no hay esperanza. El trabajo de Satán es
actuar de acusador.
¿Cómo puede Dios actuar
y sanar? Dios puede enderezar cuando nos ha derribado. No podremos ser
constructores de puentes, reconciliadores mientras sigamos pensando que
nosotros no tenemos nada que cambiar, que el mal está en el otro, que en
nosotros todo es rectitud.
Parece que el mal y el
sufrimiento no son sólo circunstancias que nos ocurren, forman parte del
plan y de las pautas que nos llevan a Dios. Dios utiliza el bien y el mal
a nuestro favor. Estamos tocando el misterio del mal. Dios permite el mal
y lo aprovecha para nuestra transformación. .. que da vida a los muertos y
llama a la existencia a lo que no existía (Rom 4, 17)
En el AT Yhavé es la
totalidad de los contrarios, todo procede de Dios, incluso el bien y el
mal. Por eso los antiguos hebreos no se preocupaban por el tema del mal.
El libro de Job deja
atrás una conciencia ingenua, poco desarrollada en la cual el hombre/mujer
no tienen derecho a hacerle preguntas a Dios y da paso a una idea de la
persona que vive la lucha interior, que se hace preguntas y le pregunta a
Dios.
La
oración
Dios permanece en
silencio con Job. Sólo habla al final . Durante 37 capítulos, Dios no dice
nada. Su fuerza está presente pero es como si quisiera que apareciese Job
como protagonista, como héroe.
Los tres amigos de Job:
Elifaz de Temán, Bildad
de Suaj y Sofar de Naamat le dan respuestas, explicaciones. Hacen
teología. Esto no sirve de nada a Job, que grita a Dios; está al borde de
la desesperación y se dirige a Dios. Es una oración que rompe los
estereotipos que nos han enseñado sobre la oración. Es verdadera y
auténtica. Esta es la característica fundamental que debe tener la
oración.
Job se atreve a
enfrentarse a Dios. Le llega a decir: ¡vaya un Dios eres!.
Esto es propio de la
oración de los santos, aquellos que están muy cerca de Dios, parte de un
conocimiento profundo. Esta oración da a entender que hay entre Job y Dios
una profunda certeza .
Es la relación que
mantienen los cónyuges. Los esposos son conscientes de lo que han vivido.
Saben todo lo que se han dicho y se han hecho, bueno y malo. Constatan que
sus vidas permanecen unidas. Con una experiencia de 10, 20, ….. años en
común es posible echarse la bronca mutuamente, desahogarse, gritarse…
Nuestra historia en
común es nuestra verdad.
Dios ama
a Job y Job ama a Dios “desinteresadamente”. Ésta es la certeza de esta
relación.
“Si se acepta de Dios el
bien ¿no habremos de aceptar también el mal?
(Job 2,10)
He aquí el comienzo del
misterio pascual. La vida es una mezcla de alegría y pena y hemos de
aceptar ambas. Pero la una no es el castigo y la otra la recompensa. Ambas
vienen juntas.
Algunos movimientos
tendemos a caer en la tentación de gozar de la resurrección sin la cruz,
evadir la cruz y predicar un Evangelio de bendiciones continuas. Otros
cargan las tintas en la moral, las normas, exigencias y tienen miedo a
disfrutar del gozo de Cristo resucitado.
La verdadera alegría no
es auténtica si no pasa por el dolor –no por debajo, ni por la derecha o
izquierda, ni por encima, sino por el medio.
Ésta es la única alegría
cristiana auténtica. Cualquier otra alegría no es sino un encubrimiento
del dolor, una evasión y rechazo.
“Si se acepta de Dios el
bien ¿no habremos de aceptar también el mal? Y a pesar de todo esto, Job
no pecó con sus labios. Por dos veces Satán se equivoca.
Según la psicología las
fases de la pena y la tristeza son cinco:
-
Rechazo: corresponde a
los 7 días de silencio y la respuesta perfecta de Job. Dios me lo dio,
Dios me lo quitó…
-
Ira: es la mayor parte
del libro, su enfado con Dios. ¡Ojalá! No existiera el día que nací…¡Ojalá!
-
Regateo: aparece en
determinados momentos, mezclado con la vuelta a la ira.
-
Resignación: comienza
en el cap 17 y dura poco.
-
Aceptación: En el cap
19 y en los dos últimos capítulos en el diálogo final entre Dios y Job.
Es importante no
asustarnos ante el sufrimiento y saber que tenemos que pasar por estas
fases; no sólo ante la perspectiva de la muerte, sino ante todas las
pequeñas muertes que nos acontecen en la vida.
Vamos a analizar ahora a
los tres amigos de Job.
1º. Elifaz. Representa
la religión como ideología, donde todo esta bien colocado y controlado.
Cada pregunta tiene su respuesta adecuada.
Se suele
decir que lo contrario del amor es el odio. Podemos también decir que lo
contrario del amor es el control.
La persona que mantiene
la fe como ideología necesita sentir que tiene todo controlado. Cuando
profundizamos en la fe, como encuentro amoroso con Dios, vemos que debemos
dejar el control a Dios y dejarnos sorprender por el amor. Elifaz es
bueno, pero le da a Job consejos que no le sirven y parte de la siguiente
base: Dios premia a los buenos y castiga a los malos, por lo tanto… “Algo
malo has hecho Job. ¡Acepta la corrección de Dios!”
Job necesita ser
escuchado. Aquí radica en la mayor parte la atención redentora para con
los hermanos que sufren. No necesitan respuestas, necesitan ser
escuchados. Necesitan del don de la compasión. Lo más redentor que podemos
hacer por los demás es escuchar y acoger el dolor del otro.
Job
descubre que dentro de si hay una esperanza. Es una esperanza que no tiene
lógica. Está “más allá de la lógica”. En el NT se la llamará el don del
Espíritu, el don de una esperanza creada (1 Cor 13,13). Al final, se le
dio el nombre de virtudes teologales a la fe, la caridad y la esperanza
porque participan de la misma vida de Dios, en comparación con otras
virtudes que eran cualidades ejercitadas, imitadas y desarrolladas. Aquí
la esperanza no se crea porque es una comunión con el que es la esperanza
y no una creación humana ante circunstancias esperanzadoras.
Pero esta comunión no es
perfecta y constante y vuelve otra vez la ira, la desesperanza. Éste es el
combate espiritual de Job. Por una lado tiene la certeza de que lo que le
sucede no es un castigo de Dios por sus malas obras, tiene la certeza del
amor de Dios; y por otro lado –su lado oscuro- sigue pidiendo la muerte.
En el fondo de su corazón lo que pide Job es ser mirado por Dios. En el
capítulo 7, como un niño pequeño empieza a suplicar la ternura de Dios.
“Cuando me mires ya no estaré”. Se parece a un niño que suplica a su
madre: “Mírame, cuídame porque me voy a morir y después de vas a
arrepentir de no darme lo que te pido”.
Entra
ahora el segundo amigo de Job; Bildad. Representa la ortodoxia de la ley.
Vuelve al argumento del primer amigo. Viene a decir a Job: Arrepiéntete,
reconoce que te has equivocado y entonces Dios te bendecirá. Son siempre
bendiciones materiales. Dios te devolverá todo lo que te quitó.
La respuesta de Job es
-una vez más- la fe, que consiste en esperar cuando no se tienen todas las
respuestas. Job alaba a Dios y sigue esperando en su misericordia. Implora
a Dios de todos los modos posibles y le reclama su mirada, su presencia.
ESTO ES FE.
En esta
situación habla el tercer amigo Zofar; (cap 11). Llama a Job charlatán. Le
manda callar. Le dice: “Dios te castigó, Él tiene razón”. Algo malo ha
visto en ti. Dios no tiene dificultad en ver los pecados de los hombres”.
Zofar representa la sabiduría religiosa, pero está demasiado seguro de si
mismo, de sus opiniones. Aún así Dios lo utiliza y Zofar profetiza y el
libro nos regala una profecía hermosa para los sufrientes, los desterrados
hijos de Eva. (Job 11, 13-14, 17-18). Es una profecía que recuerda a
nuestras profecías en la R.C., somos pobres, orgullosos, pecadores, pero
Dios, en ocasiones, habla por nuestra boca.
La verdad
es el mejor aliado de Dios
Cuanto más profundamente
nos adentramos en el misterio de Cristo, más tenue se hace la línea que
separa el gozo y el sufrimiento, como testimonian los que han bajado esa
senda. Cuando el corazón se da por vencido sólo importa una pregunta:
¿estamos cumpliendo la voluntad de Dios? Ya no es tan primordial que nos
haga sentir felicidad o tristeza. Por eso vemos en Job la tristeza y la
aclamación a Dios, ambas mezcladas. Hay en su corazón pena y gozo. Un gozo
así es indestructible. Ahora, después de Cristo resucitado, nuestra
alegría es Cristo.
No debemos defender a
Dios a ultranza, esto no hace ningún bien a Dios. Nuestra tarea es vivir
en la verdad.
Simone Weil, una
importante pensadora judía dice: “He visto demasiada gente que ama a
Cristo pero que no ama la verdad. Por eso me pregunto si realmente aman a
Cristo”. El amor a la verdad exige un gran despojamiento de aspectos
superfluos que van arropando la religión para llegar a un encuentro más
auténtico con Dios.
Ante la actitud adversa
de sus amigos, ante las voces negativas de los otros, Job tiene que
aferrarse a su fuerza interior. También esto es una lección para nosotros
como creyentes. A veces nos veremos asaltados por voces negativas del
mundo, de nuestro cónyuge, de nuestros amigos, de nuestros hermanos…
Entonces llega la hora de la verdad. Debemos aferrarnos a nuestra
conciencia, a nuestra voz interior, y, guiados por la fe, corriendo
riesgos y con la ayuda de nuestro director espiritual, tomar decisiones.
Vivir en la esperanza.
“El árbol tiene una
esperanza, aunque lo corten, vuelve a retoñar y sigue echando renuevos,
aunque haya envejecido su raíz en la tierra, y en el suelo se esté
pudriendo su tronco. En cuanto siente el agua reverdece, y echa ramas como
una planta joven” (Jb, 14, 7-9)
En todo el cap. 14, hay
una bella declaración de esperanza. Ahí está el humilde Job esperando
contra toda esperanza. Cuando nos sentimos abrumados por nuestras culpas,
cuando somos conscientes de nuestra insuficiencia, cuando se nos hace
difícil continuar con nuestra pequeñez y nuestras deficiencias, cuando no
nos aceptamos a nosotros mismos, debemos ponernos en contacto con el Job
que todos llevamos dentro.
Los tres amigos
iniciarán a partir del cap 14 una segunda ronda siempre en los mismos
términos.
La fe de
Job da un gran salto hacia delante
En el terreno espiritual
no existe el triunfo por la fuerza. Job en su pequeñez y abandono nos va
abriendo su alma, pero no es un hombre que se va empequeñeciendo sino que
se va haciendo fuerte.
Podemos distinguir dos
clases de sufrimiento espiritual.
Ø
El sufrimiento menor:
son las pequeñas desilusiones de nuestro ego que tenemos que soportar. Es
el sufrimiento que sentimos cuando las cosas no salen como queremos,
cuando no se nos reconoce, cuando tenemos que sufrir molestias de la vida.
Ø
El sufrimiento intenso:
aparece en las crisis, pérdida de seres queridos, en las rupturas y
pérdidas de proyectos importantes de la vida. Supone siempre un reajuste
en nuestra vida, un encararnos con la realidad que nos va a hacer crecer.
Un gran problema que
tiene la juventud de hoy es que tratamos de evitarles todo sufrimiento
menor que empieza en la infancia y entonces es muy difícil dar el salto
hacia el sufrimiento mayor.
Este proceso del
sufrimiento menor al mayor aparece en todo el libro de Job. Es de esperar
que en nuestra vida sea más gradual este proceso de aprendizaje del
sufrimiento.
En el NT se identifica a
Jesús con el siervo que sufre. Job aparece también como el siervo que
sufre.
“Pues yo
sé que mi defensor está vivo,
y que Él, al final, se
alzará sobre el polvo,
y después de que mi piel
se haya consumido,
con mi propia carne veré
a Dios.
Yo mismo lo veré,
lo contemplarán mis
ojos, no los de un extraño,
y en mi interior
suspirarán mis entrañas”.
Ésta es toda una
declaración de fe.
Job no necesita
respuestas, ni seguridades, ni tiempos. Es un anticipo del NT, de la
venida del Reino de Dios aquí y ahora, independientemente de las
circunstancias que rodean mi vida.
Algunos estudiosos
piensan que el libro original terminaba aquí. Es como un punto final. En
el libro actual hay un segundo turno para los amigos de Job. Ellos
continúan en la misma línea. Muchos cristianos de hoy siguen viviendo en
el AT. Sistema de méritos y deméritos. En este sistema sabemos que no nos
quieren por lo que somos sino por lo que hacemos. Entonces lo importante
son las obras, los actos, pero estos separados del amor. Vemos muchos
cristianos que realizan obras para Dios pero no están enamorados de Dios.
He aquí la clave, por la
cual Dios necesita desinstalarnos, despojarnos. Tenemos que perder
nuestras posesiones, nuestros privilegios para poder estar más cerca del
corazón de Dios y conocerlo no sólo de oídas. Todos los santos y santas
tuvieron esta experiencia. Es la misma de Jonás en el interior de la
ballena, de Jeremías en el aljibe, de Job en el estercolero y de Jesús en
la cruz. Parece que éste es el camino para ser verdaderos seguidores de
Jesús.
Hoy Jesús nos
pregunta a cada uno. “Y tú ¿quién dices que soy yo?”
Pero ahora ya no podemos
interpretar la pregunta como a los 20 años. Ahora esta pregunta quiere
decir algo más. Tú, amigo, ¿qué camino quieres seguir? Quieres ser un
amigo verdadero, que crece en la fe, la esperanza y la caridad. ¿Qué
camino quieres tomar?. El camino del cumplidor, del creyente acomodado,
aburguesado. A ti te digo hoy, “Toma tu cruz y sígueme”, pero no te lo
digo como imposición, con dureza. ¿Me amas?. Iglesia ¿hacía dónde caminas?
Quiero que camines hacia la verdad, la pobreza, la sencillez.
Job, el siervo pobre,
despojado de todo, reivindica la humanidad, no busca la perfección. Hace
un elogio del don de la vida. Espera la mirada de Dios para que el Creador
le diga: “Estoy contento de haberte dado la vida”.
Job, después de maldecir
el día en que nació, les dice a sus amigos: “DECIDME QUE ES BUENO QUE
EXISTA”
“Recuerda que tú me
formaste.
Me amasaste como
arcilla.
Me diste la vida
y me trataste con amor.
En esta relación
Job-Dios es donde el hombre avanza en el conocimiento de Dios. “En el
temor del Señor está la sabiduría; en apartarse del mal, la
inteligencia”. Dios sólo se deja conocer cuando lo amamos. La vía del
conocimiento es el amor. Se deja conocer en una relación personal y
afectuosa; no sólo pensando en Él.
Estamos llegando al
final del viaje con Job.
En los cap. 29-30-31,
Job recuerda su pasado y hace examen de conciencia. Va repasando en
concreto los pecados: “No he cometido adulterio, he tratado justamente a
los criados, atendí al huérfano y a la viuda, no hubo en mi vida
idolatría…”
Entonces entra en escena
un nuevo personaje: Elihú.
Es un joven que
representa el exceso de celo, el idealismo juvenil, el ego en el servicio
divino. Habla con determinación durante un capítulo (32,6 – 33,7). Este
personaje tampoco ayuda a Job. Pretende darle clases desde una situación
superior. Este personaje nos recuerda -una vez más- que hay que acercarse
al dolor desde la humildad. Podemos hacer más cuando compartimos nuestra
experiencia que cuando pretendemos enseñar. Recordemos una famosa frase de
Pablo VI: “El mundo dará crédito a los maestros únicamente si son en
primer lugar testigos”.
Finalmente, Dios habla
en el capítulo 38. Ha estado callado hasta ahora.
“El Señor
respondió a Job desde la tormenta”.
Dios habla, pero no
responde a todas las preguntas que se plantean durante el libro. Y Job
encuentra alivio y consuelo porque Dios le habla.
Esta sensación de alivio
la reconocemos bien los esposos después de varios días sin hablarnos. Es
maravilloso volver a hablar y volver a estar en comunión. Aún sin
palabras, los esposos se están diciendo “estamos juntos en esta empresa”.
El final del libro es el
encuentro entre Dios y el hombre. Job está tan emocionado porque Dios le
vuelva a hablar, que ya no pide respuestas.
Dios le respondió desde
la tormenta. ¿Qué dice Dios?
Ø
Primero hace un
recorrido por la creación. Describe la tierra, el mar y, en último lugar,
la luz.
Ø
Después describe los
animales y lo hace con detalle. Es como si nos dijera: “Los he creado
porque amo la belleza, porque soy el amigo de la vida”. Esta expresión
aparece en el libro de la Sabiduría (Sb 11,24-27).
Ø
Y termina hablando del
hombre. El ser humano es el culmen de la belleza creada por Dios.
El punto
de vista de Dios respecto al mal
Dios no da respuestas
concretas. Ante el mal nos regala un lugar desde el que podemos mover el
mundo o interpretar el mundo. Para ello tenemos que creer en Él, amarle a
Él y confiar en Él. Este lugar es la cruz. Por eso los cristianos no
podemos explicar el dolor, ni podemos entenderlo sin referirnos a la cruz.
Los santos nos recuerdan
continuamente: “No existe verdadero conocimiento sin la fe”. Parece que
hay dos sendas para el conocimiento: la oración y el sufrimiento.
Finalmente, Job responde
a Dios, se rinde a Dios (Jb 42,1-6): “Te conocía sólo de oídas, ahora te
han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento cubierto de polvo
y ceniza”.
En paz consigo mismo y
con Dios, Job ya no tiene necesidad de defender o de culpar.
El epílogo final
recupera el estilo del principio:
Primero, Dios reprende a
los tres amigos por su actitud con Job.
Después, les pide que
ofrezcan un sacrifico de reparación.
A continuación, pide a
Job que rece por ellos y les perdone.
Y, por último, celebran
una comida de comunión.
“Y el Señor bendijo el
final de la vida de Job más que al comienzo: llegó a poseer catorce mil
ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. Tuvo además
siete hijos y siete hijas. A una le puso el nombre de “Paloma”, a otra el
de “Acacia” y a otra el de “Frasco de Perfumes” (42,12-14)
Tres opciones en el tema
del mal
1ª. Dios no lo puede
todo.
2ª Dios no es bueno ni
justo.
3ª El origen del mal
está en la humanidad.
Los amigos de Job se
sitúan en la tercera opción.
Job se sitúa durante el
libro en la segunda.
La comprensión del
problema del mal, sobre todo del sufrimiento del justo, lo encontramos por
la primera vía. Dios no lo puede todo porque ha dejado libre al hombre. La
libertad del hombre impide a Dios ser todopoderoso. Dios no quiere
imponerse y actuar en contra de la libertad del hombre.
Parábola
del trigo y la cizaña (Mt 13,24)
¿Quién siembra las malas
hierbas, si Dios lo hizo todo bien?
-
El mundo (la cultura con
sus mentiras), el demonio y la carne. Éstos sabemos por el catecismo que
son los enemigos.
¿De dónde salen las
malas hierbas?
-
Nos esforzamos en ser
buenos. Pero muchas veces, como dice San Pablo, hacemos el mal que no
queremos.
Jesús comprende nuestra
lucha: “Lo ha hecho un enemigo”
¿Qué hacemos con las
malas hierbas?
-
“Dejadlas crecer juntas
hasta el tiempo de la siega”.
Nuestra primera
intención es arrancar lo malo. Separar lo malo de lo bueno.
Esta parábola es para
aplicarla -en primer lugar- a nuestra vida. A veces, algo que
considerábamos malo se ha transformado en bien y aquello que era nuestra
riqueza, nuestro mejor trigo, se ha convertido en malo para nosotros.
Después debemos
aplicarla a nuestro Grupo, Movimiento… ¿Cuántas veces tenemos la tentación
de arrancar? ¿cuántas veces nos engañamos echando la culpa a otros de que
el Grupo vaya mal? Y en nuestro corazón deseamos arrancar.
Dios no nos otorga este
poder. “Dejadlas crecer juntas”
El camino que se nos
encomienda no es tanto arrancar el mal, sino sacar bien del mal.
Llegamos a Dios a través
de nuestra imperfección, a través de nuestras heridas. ¿Acaso no es este
el mensaje del crucificado? Y nosotros seguimos ansiando la perfección por
un camino equivocado.
Debemos recordar que el
mejor aliado de Dios es lo que existe. No es lo que debería existir, lo
que podría existir. La existencia nos llevará al amor perfecto.
Todo tiene parte de luz
y parte de oscuridad; todo, incluso el Papa, la iglesia, nuestro obispo,
nuestra parroquia, nuestro movimiento…
El problema no está
fuera. El problema no está en que el marido/mujer no sea perfecto. Hay que
empezar por uno mismo. Ya hemos conocido al principal enemigo: somos
nosotros.
Es un gran alivio vernos
libres de la necesidad de arreglar las vidas ajenas.
Pecamos y
sufrimos no tanto por nuestra debilidad sino porque somos sencillamente
humanos. Ser humano significa ser imperfecto, estar en desarrollo.
Podríamos definir la madurez cristiana como la habilidad de vivir con gozo
en un mundo imperfecto. Es el único mundo que tenemos.
El mal y el pecado
existen y son fuente de dolor; pero no tienen la última palabra.
Claves
para llegar a la etapa final (la aceptación del sufrimiento humano):
Ø
Nuestra naturaleza
humana es frágil y vulnerable.
Ø
Dios eligió el dolor de
su Hijo para redimirnos. Nos pide que aceptemos nuestra cruz.
Ø
Mi vida no es sólo
cuestión mía. Mi vida tiene un sentido al ser ofrecida a los demás. Hay
que morir para vivir.
Ø
El cuerpo de Cristo
somos todos nosotros que con nuestros sufrimientos estamos completando lo
que falta a la pasión de Cristo.
Ø
La historia de la
salvación en nuestras vidas no sigue una línea lógica sino que es más bien
una espiral de gracia. Lo contemplamos en Job, en Jesús, en los santos.
Ø
Nos salva un Dios que
sufre. Sus cicatrices nos han curado. Nuestras heridas llamadas a ser
redentoras de otros.
Ø
No hay resurrección sin
cruz.
Ø
Por el sufrimiento nos
hacemos más compasivos y sensibles al dolor de nuestros hermanos los
hombres.
Ø
Sin experimentar
nuestros límites y vulnerabilidad no habría comunión sino sólo
autosuficiencia.
En la madurez cristiana
somos llamados a escuchar la voz de Dios que habla desde la tormenta para
que nuestras heridas sean curadas -sacralizadas- , obtengamos perdón para
los que nos han hecho daño y podamos sentirnos criaturas nuevas.
Después de esta sanación
interior profunda, ya no tenemos que preguntar: ¿Quién tiene la culpa de
mis desgracias? Esta pregunta viene del “acusador”.
Si no nos habla la voz
en la tempestad, si no hay unos ojos que nos tranquilicen en la tormenta,
la humanidad sólo podrá “sentarse entre cenizas y rascarse”.
Pero nosotros hemos oído
una historia que es siempre verdad. Una historia que sacraliza todas
nuestras heridas.
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