1.10.08

Domingo 3 de Mayo. 4º de Pascua (Juan 10,11-18)

P. Cristóbal Sevilla

En aquel tiempo, dijo Jesús: "Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que al Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre."

La imagen del buen pastor era de sobra conocida pues los antiguos profetas de Israel la habían usado en su predicación (Jeremías 23, Ezequiel 34). El salmo 23. “El Señor es mi pastor nada me falta”, expresa la confianza en un Dios que guía y acompaña en todo momento. Es una imagen que tiene mucho que ver con la geografía del país de Jesús, una tierra que se describía con la expresión “la tierra que mana leche y miel”, que son dos productos típicos de la economía de los pastores nómadas.
Jesús usa esta imagen del pastor para expresar una especial relación con sus discípulos y con la gente que le escucha y le sigue. Él siente compasión de la gente que se encuentran cansados y abatidos como ovejas sin pastor. Por eso, les habla del Reino de Dios, y les alimenta con unos pocos panes y peces que les reparte.
A los discípulos les dice directamente: “no temas pequeño rebaño” (Lucas 12,32), invitándoles a confiar en la providencia de Dios Padre. Jesús se siente el buen pastor de sus discípulos a los que invita a no tener miedo. Notemos que se trata de un pequeño rebaño, en cuanto que Jesús sabe que el grupo de los discípulos es un grupo reducido que entra en intimidad con él. Por eso les anima a que vivan dentro del Reino de Dios, confiando en la providencia divina día a día. San Pedro, hablará de Jesús a los primeros cristianos presentándole como Pastor: Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas” (1 Pedro 2,25).
Esta imagen nos habla de la confianza que debemos poner en Jesús y en su palabra.

Meditar estas palabra de Jesús supone en primer lugar situarnos ante él como Señor. ¿Cómo vamos a confiar en la providencia que Jesús nos pide si no le sentimos cercano?, y ¿cómo sentirle cercano?

-Confiando en él. Por eso, tenemos que pedir el don de la fe, es decir, el poder sentir a Jesús como Señor. Sentirle en la oración, cuando le abrimos nuestro corazón a su misericordia y sentimos que él no nos deja solos cuando luchamos contra el mal, ese mal que agrede la vida y la ataca para destruirla. Y si nos encontramos ante una situación de sufrimiento, personal o ajena, su misericordia no nos deja solos y no nos permite desesperar. Esto nos hace saber que Jesús es digno de confianza y dar testimonio de esta confianza.

-Necesitamos paciencia. Se trata de una virtud cristiana que nos ayuda a vivir todo esto. En un mundo con tantas prisas para todo, en el que también se nos mete la prisa de querer entender y vivir todo en un momento, tenemos que saber que cuando nos ponemos a caminar en este camino del discipulado, de seguimiento a Jesús, tenemos que estar dispuestos a ser probados en el combate diario. Y es que la prueba más dura es la de la cotidianidad, y la de no sucumbir al desánimo (Eclesiástico 2; Efesios 6,10-20; Hebreos 12,1-13). Tenemos que ser conscientes de los obstáculos diarios que nos separan del rebaño, que no nos dejan ver el cayado de nuestro buen pastor.

Recemos con este texto poniéndonos ante Jesús como Señor y ofreciéndonos a él como discípulos suyos:

“Señor Jesús, tú nos enseñas a vivir confiados en la providencia,
y nos haces sentir esta providencia a través de tu misericordia.
Ayúdanos tú, a no tener miedo, a vencer nuestros reparos,
nuestras cobardías, nuestros desánimos con la fuerza de tu palabra”. AMÉN

Contemplamos estas palabras de Jesús sintiendo el calor de su amistad. Jesús nos habla como un amigo. Una de las primeras imágenes que se hicieron sobre Jesús en el arte cristiano primitivo, todavía en el tiempo de las persecuciones y de las catacumbas, fue la imagen de Jesús como buen pastor. En esta imagen, muchos de aquellos cristianos que dieron testimonio de su fe en un mundo difícil y hostil, plasmaron su fe en Jesús como el pastor de sus almas.

“Lo reconocieron al partir el pan” (Lucas 24, 35-48) Domingo 26 de Abril. 3º de Pascua

a
P. Cristóbal Sevilla
a
“Los discípulos (los de Emaús) contaron lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de su discípulos y les dijo:
-Paz a vosotros.
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo:
-¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.
Dicho esto les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de cree por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
-¿Tenéis ahí algo de comer?
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:
-Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:
-Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.

Este evangelio es continuación del episodio del encuentro de Jesús resucitado con los discípulos que regresan desanimados a su pueblo, a Emaus. Ellos le descubrieron al partir el pan, y ahora regresan llenos de alegría al Cenáculo, en donde están los demás. Jesús come con ellos igual que hacía antes de su pasión.
En los evangelios Jesús aparece muchas veces comiendo. En algunas comidas, Jesús es el invitado y él enseña, pero no es una enseñanza cualquiera, lo hace acogiendo (a María de Betania, Juan 12,1-8), invitándose el mismo (con Zaqueo, Lucas 19,8). Actitudes que hacen interrogarse a la gente.
Pero hay otras comidas, en donde el anfitrión es Jesús, es él mismo el que invita, y el que acoge. Estas comidas son muy importantes, pues se producen en momentos claves de su vida, y son el marco de las enseñanzas más importantes sobre el Reino de Dios. En estas comidas es Jesús siempre el que parte el pan.

-Jesús alimenta a la gente no sólo con su palabra sino también con el pan que él mismo les parte ((Marcos 6,41 y 8,7 y par).
-Jesús enseña que el Reino de Dios será como un banquete (Lucas 14,15//Mateo 22,1).
-Jesús come con pecadores y explica por qué (Marcos 2,17y par).
*Jesús celebra su última cena con sus discípulos partiéndoles el pan. Ya no lo volverá a comer hasta que... (Marcos 14,25 y par)
-Jesús resucitado parte el pan con sus discípulos: -Los discípulos de Emaús. -Pescando en el lago de Galilea (Lucas 24,29 y Juan 21,13).
- Los primeros cristianos parten también el pan recordando a Jesús (Hechos 2,46 y 1Corintios 11,26).

Las palabras de Jesús en la última cena con sus discípulos son el centro, y han sido fielmente transmitidas por la tradición de los Evangelios y por Pablo. Cuando Jesús las pronunció, los discípulos ya le habían visto partir el pan y pronunciar la oración de acción gracias. Lo que ocurre es que ahora Jesús dice que ese pan partido y ese vino son su cuerpo y su sangre. Y esto quedó grabado no sólo en la mente de aquellos testigos, sino también en su corazón. De tal manera que después de la resurrección ellos tenían claro que debían seguir reuniéndose para compartir el pan que era Jesús resucitado.

Meditar este texto supone preguntarnos por nuestra relación con Jesús resucitado a través de la eucaristía. En ella, los cristianos estamos llamados a vivir lo que realmente celebramos y adoramos, recogiendo también nosotros hoy esta tradición de la comida a la que Jesús nos invita. ¿Cómo?
-Discerniendo el cuerpo de Cristo. Es decir, siendo conscientes del pan que compartimos, y de la gracia que recibimos cuando comulgamos (1Corintios 11).
-La eucaristía, una escuela de Jesús. Esto nos tiene que ayudar a entender desde la fe que es Jesús quien está presente en la Eucaristía, quien nos invita, y quien alienta nuestra fe, con su palabra y con su pan de vida.
-Vivir la experiencia del cenáculo: en actitud de adoración e intercesión. En la escuela de María, pues ella supo reunir a los apóstoles en una oración unánime (omozumadón) en el Cenáculo. Nos podemos imaginar el hondo sentimiento de fe de María cuando escuchó de boca de Pedro y de los demás apóstoles las palabras de la Eucaristía, en aquellas primeras reuniones de la Iglesia apostólica.
Nuestras eucaristías tienen que recordar el Cenáculo, ese lugar en donde Jesús celebró su última cena, y en donde después se encontraron con él, resucitado. El lugar en donde recibieron la unción del Espíritu. Nuestra actitud debe ser como la de aquellos hombres y mujeres reunidos en el cenáculo, en oración y adoración, es decir, buscando el encuentro con Cristo resucitado, y pidiendo por el mundo: por la paz, por la unidad, por la justicia... pedimos que el cuerpo de Cristo nos convierta a toda la humanidad en un solo cuerpo.

Hagamos hoy la oración, como si estuviéramos en el Cenáculo:

“Señor Jesús, estamos aquí adorándote porque tú eres nuestro único Señor
y nuestro verdadero maestro.
Sabemos que tú estás presente alimentándonos con tu palabra y con tu pan de vida.
Que sepamos siempre discernir tu cuerpo como alimento y medicina
para nuestros cuerpos y nuestras almas.
Y que tu Espíritu nos una en un solo cuerpo: la Iglesia que tu quisiste,
para que así podamos dar al mundo el testimonio de la verdadera unidad”

En este Cenáculo, contemplamos esta verdad que hemos meditado: la eucaristía es fuente de vida cuando tratamos de vivir lo que celebramos. Por eso, contemplamos a Cristo resucitado como pan de vida.

Domingo 19 de Abril. 2º de Pascua. Domingo de la divina misericordia. Juan 20, 19-31

P. Cristobal Sevilla
a

“Porque me has visto, Tomás, has creído. Dichosos los que crean sin haber visto”
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:-«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: - «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: - «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Sabemos que la presencia de Jesús resucitado entre aquellos hombres y mujeres no fue igual que cuando estuvo con ellos en vida por aquellos lugares de Galilea y de Judea. Era una presencia que necesitaba de la ayuda de los ojos de la fe para ser percibida. María Magdalena no le reconoce al principio y le confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús, aunque se encuentran a gusto con la presencia de aquél peregrino, no terminan de reconocerle hasta que durante la cena les parte el pan.
¿Qué apariencia tenía Jesús resucitado? Era una apariencia ciertamente corporal, no un fantasma. Él habla, y se le puede tocar. Pero también aparece cuando las puertas están cerradas. Por un lado supera nuestra naturaleza humana, y por otro lado participa de ella. Esto es lo que nos quieren decir todos los evangelistas con su manera de contar las cosas. Jesús, en su apariciones, tenía un cuerpo con apariencia humana pero resplandeciente, celeste, luminoso, con una primera impresión como la de nuestros cuerpos aunque sin reconocerle a la primera, pero cuando se producía el encuentro aquellos discípulos se daban cuenta de que era un cuerpo especial, era el cuerpo lleno de luz y de paz de Jesús, que a ellos les infundía una gran alegría, les liberaba de sus miedos, y les empujaba a dar testimonio, pues habían contemplado la verdadera identidad de Jesús de Nazaret, su maestro. Entonces, fue cuando ellos fueron conscientes de haber contemplado la verdad de Dios: la obra de salvación de Dios Padre, a través de Jesús su palabra hecha carne, y con la unción y la fuerza del Espíritu Santo creador y liberador. Fue cuando las palabras que habían escuchado y las obras que habían visto hacer a Jesús fueron realmente entendidas.
Es ahora, cuando Jesús resucitado hace gustar a los suyos de su presencia de un modo especial. Lo primero que hace es restablecer la relación con los discípulos, pues todos, de alguna manera habían perdido la relación con él durante los acontecimientos de su pasión y muerte. Los únicos que se salvan de esta dispersión son las mujeres y el discípulo amado Juan. La presencia de Jesús resucitado es una presencia que vuelve a unir a aquellos hombres y mujeres junto a Jesús; de tal manera que cuando les deje definitivamente ellos van a seguir sintiéndole cerca. En esta presencia de resucitado Jesús muestra de una manera fuerte la misericordia que emana de su presencia. De su costado traspasado brota la fuente del amor y la misericordia divina. Tomás debía sentir esta misericordia, de un modo palpable y Jesús llama dichosos a los que crean sin haber visto, es decir, a todos aquellos que se fían del testimonio y de la palabra.
Podemos preguntarnos en la meditación: ¿qué es la misericordia? En hebreo se dice rajum, y es una palabra que se asocia con rejem, que significa “vientre materno, seno, entrañas”. Es el lugar donde se acoge, crece y se da la vida. Es también la parte más interna, más “entrañable. Pues bien, cuando decimos que Dios es misericordioso estamos diciendo que él quiere acoger la vida, y dar vida. Pero, ¿cómo puede Dios darnos vida?, ¿cómo podemos encontrarnos con su misericordia?
Nos encontramos con la misericordia de Dios cuando le abrimos nuestro corazón, convirtiendo nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Y es que Dios, que no quiere forzar la puerta de nuestro corazón, quiere que su misericordia habite en nuestro sufrimiento, especialmente en ese sufrimiento que no nos atrevemos a decir. Podemos preguntarnos: -¿Dónde está nuestro sufrimiento? ¿Dónde están esas heridas, dolores...que no queremos ver? -¿Dónde está el sufrimiento en nuestro mundo, a nuestro alrededor?, ¿cómo podemos ser nosotros portadores de esta misericordia de Dios?
Sólo si yo me encuentro con la misericordia de Dios y abro mi corazón a su presencia, podré transformar mi relación conmigo mismo y mi relación con los demás. Sentiré entonces la gracia sanadora de Dios.
Esto es lo que Jesús quiere que Tomás encuentre. Jesús sabe que la primera manifestación de un corazón de piedra es el prejuicio, que se manifiesta en la crítica y en la murmuración. Es también la mejor manera de vivir nuestra relación con Dios de una manera superficial. Y ya sabemos que Jesús quiere que conozcamos a Dios de verdad, tal como él nos lo enseña.

Abramos nuestro corazón en la oración:

“Señor Jesús, maestro compasivo y misericordioso,
que sepa abrir mi corazón a tu presencia
para que tú puedas sanar mi sufrimiento,
y así poder recibir la vida que tú me quieres dar.
Que tu misericordia nos enseñe a perdonar,
a no tener resentimientos ni prejuicios,
a perdonarnos a nosotros mismos, y a perdonar a los demás,
y así sintamos tu presencia resucitada”

Contemplamos la misericordia de Dios manifestada en las palabras de Jesús Resucitado.

Domingo 29 de Marzo. 5º de cuaresma (Juan 12, 20-33)

P. Cristóbal Sevilla
.
"Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto"
.
En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: "Señor, quisiéramos ver a Jesús." Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.
Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre." Entonces vino una voz del cielo: "Lo he glorificado y volveré a glorificarlo." La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: "Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí." Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.


Estamos en el contexto de las palabras de Jesús entre la entrada en Jerusalén y la última cena. Jesús presiente que su pasión y muerte están cerca y trata de que sus discípulos y todos aquellos que se acercan a él entiendan el verdadero significado de lo que va a ocurrir en Jerusalén. La escena del evangelio de este domingo nos muestra a unos extranjeros que piden al apóstol Felipe ver a Jesús y conocerle personalmente.
Lo que hacen estos extranjeros es lo mismo que hacen el apóstol Pedro y el apóstol Natanael al principio de este evangelio. Han oído hablar de Jesús y quieren conocerle. Andrés se lo cuenta a su hermano Pedro, y Felipe se lo cuenta a Natanael.
Jesús se va a presentar a ellos anunciando que ya ha llegado su hora, es decir, la hora de su entrega en la cruz por todos, no sólo por los judíos, sino también por todos los que no lo son.
Las palabras de Jesús en este evangelio son una reflexión personal de Jesús hecha en voz alta delante de sus discípulos y de estos extranjeros que han venido a conocerle. En esta reflexión vemos como Jesús es dueño de su propio destino, en comunión de vida con Dios Padre. A Jesús no le quitan la vida, sino que la entrega para nuestra salvación. Su vida es como el grano de trigo que muere para dar fruto. Esta entrega viene confirmada por el Padre, el cual, en unidad con su Hijo Jesús, manifiesta a través de la voz que Jesús será glorificado, es decir, resucitará y manifestará la gloria de Dios.
Jesús se siente profundamente conmovido por su destino. Él no es ningún superhombre, ni ningún héroe que afronta la muerte de manera fría y desafiante. Jesús se siente lleno de angustia y reacciona de manera realmente humana: “ahora mi alma está agitada”.
El Evangelio de San Juan tiene este modo peculiar de redactar los acontecimientos de la pasión. A diferencia de los otros evangelios no se fija tanto en los acontecimientos cuanto en las palabras de Jesús. San Juan trata de sacar toda la vida de estas palabras, todo su significado.

Meditando estas palabras de Jesús nos damos cuenta de que el destino de Jesús también es el nuestro. Él mismo lo dice: “donde esté yo, allí también estará mi servidor”. Tenemos que hacer como el grano de trigo que es sembrado: morir para convertirse en espiga y dar fruto. Lo que Jesús nos pide es una actitud de desprendimiento y de entrega como él mismo la tuvo. Si en este mundo se valora el éxito, el dinero, el consumo, ¿cómo podemos los cristianos hablar de estas cosas siendo creíbles? Creo que no se trata tanto de hablar cuanto de testimoniar, sabemos que el cristianismo es duro cuando luchamos contra estas cosas, y por eso tenemos que buscar el apegarnos a Jesús a través de su gracia, dispensada en la vida de oración, en los sacramentos, en su palabra.

San Juan contempla a Jesús desde el misterio de Dios. Un Dios que él ha podido contemplar en Jesucristo y su enseñanza, y que ahora escribe para sus hermanos, y también para todos nosotros. Por eso, este evangelio nos ayuda especialmente a orar y contemplar a Jesús.


DOMINGO 22 DE MARZO. 4º de Cuaresma “Jesús no vino a condenar sino a salvar” (Juan 3,14-21)

............................P. Cristóbal Sevilla
-
“Dijo Jesús a Nicodemo:
-Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

Cada vez que leemos el evangelio de Juan tenemos que tener en cuenta su modo de narrar los dichos y los hechos de Jesús, su manera de contarnos las cosas. San Juan narra todo esto al final de sus años, cuando ha entendido después de la resurrección quién es realmente Jesús.
Él recuerda la conversación que tuvo Jesús con Nicodemo y ahora la comprende y le saca todo su sentido, pues es ahora cuando ha entendido plenamente que Jesús resucitado es la luz del mundo.
San Juan nos cuenta las cosas tratando de transmitir toda la vida que él ha encontrado en Jesús (Juan 20,30-31), y tratando de que aquellos primeros cristianos que leen su evangelio compartan con él esta vida (1Juan 1,1-4). San Juan nos va metiendo también a nosotros como lectores dentro de su narración para que descubramos que Jesús es la luz del mundo.

La meditación de este texto nos hace preguntarnos: ¿descubro en Jesús la luz que me hace entender el amor de Dios?
Recobrar la vista espiritual significa ver a las personas y las cosas que ocurren con los ojos de la fe. En los evangelios nos encontramos con varios ejemplos de personas que recobran esta vista espiritual: Zaqueo, el ciego que está en la orilla del camino, la Samaritana, María Magdalena, María de Betania, la mujer siro-fenicia, el leproso que vuelve, Pedro,... Nosotros también tenemos esta capacidad de ver con los ojos de la fe, cuando sentimos, por encima de nuestras propias apetencias, que la fe genera un gran amor; entonces nos paramos un momento, y oramos desde nuestro corazón, sintiéndonos queridos por Dios, y queriendo y pidiendo que ese amor se manifieste en nuestra vida y en la de todas las personas.
Cada uno de los hombres y mujeres que he señalado muestran esto que acabo de decir sobre los ojos de la fe, superando el qué dirán y haciendo y diciendo lo que tienen que decir o hacer. Y sin embargo aquellos que ven a Jesús con otros ojos se quedan sin este conocimiento: Simón el fariseo, el otro fariseo que invita a comer a Jesús, los otros nueve leprosos, Judas, ... . Ellos se quedaron en su propio mundo.

Oremos con sencillez para que nuestro encuentro con Jesús nos haga recuperar esta vista espiritual:

“Oh Señor Jesús, nos sentimos ciegos y necesitados de tu presencia,
tenemos dudas, nos falta amor.
Ayúdanos Señor a recobrar la vista espiritual
para que te veamos a Ti, Maestro de amor y de verdad,
como nuestro Salvador y Señor.
Señor, que no nos quedemos encerrados en nuestro propio mundo
y en nuestros pequeños intereses.
Que tu luz nos alumbre y así podamos dar testimonio de tu presencia”. AMÉN

Cuando vivimos los sentidos espirituales, el Señor nos muestra un camino de contemplación. Le vemos a él y vemos a nuestros hermanos con los ojos que él quiere.

Jueves 19 de Marzo. Solemnidad de San José “Para que se cumpliese lo que había dicho el Señor” (Mateo 1,18-24)

P. Cristóbal Sevilla

“El nacimiento de Jesús el Mesías sucedió así:
Su madre, María, estaba prometida a José, y antes del matrimonio, resultó que estaba encinta, por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo (dikaios) y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo:
-José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta:
‘Mira, la virgen está encinta, dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel’ (que significa Dios-con-nosotros).
Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y se llevó a casa a su mujer. Y no tuvo relaciones hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús”

María y José son los padres de Jesús, pero ambos deben saber que Dios es el que está detrás y fiarse de su providencia, la cual, muchas veces, -y esto ellos lo saben-, escribe derecho con reglones torcidos, como sucedió con Abrahán, el patriarca José, y otros tantos humildes personajes del Antiguo Testamento. San José es como Abrahán y como José, justos que saben esperar y confiar en la obra salvadora de Dios. El hecho de que Jesús fuera concebido virginalmente por obra del Espíritu Santo era algo que a San José le dejaba perplejo, y aunque sabía que la obra salvadora de Dios estaba detrás, el tenía que preguntarse cuál debía ser en estos momentos su papel de padre y esposo. Por eso, en un primer momento decide retirarse y dejar a María sola tal como pide la ley de Israel, pero en secreto, para no crear escándalo y respetar a María. Hasta que Dios mismo se encarga de serenarle y de indicarle a través del sueño que no debe tener reparos en acoger a María como esposa. Es el mismo San José, después que ha visto la obra salvadora de Dios detrás de estos acontecimientos, el que como padre pone nombre al niño, Jesús, en hebreo Yehosua, que significa: “El señor salva”. Siguiendo la tradición de Israel, un nombre sencillo y con sentido.

Fijémonos un poco más en la actitud de José como justo –dikaios en griego, traduciendo sadîq en hebreo- en la meditación. En Eclesiástico 44,20 se dice de Abrahán: “en la prueba fue hallado fiel”. Podemos leer el capítulo 2 de este libro del Eclesiástico sobre la prueba y el temor de Dios, este capítulo termina así: “Los que temen al Señor tienen el corazón dispuesto, y se humillan delante de él. Caigamos en manos del Señor y no en manos de los hombres, pues como es su grandeza, así es su misericordia”. Creo que San José supo llevar esto a su vida y de esta manera se convirtió en el padre fiel y en el esposo solícito. San José es justo porque sabe ver la obra de Dios más allá incluso de la misma ley de Israel que él mismo respeta y cumple como hombre justo, porque algunas veces los caminos de Señor no son los nuestros. Querer y saber reconocer estos caminos es signo de entereza espiritual, de ser justo. ¿Cómo reacciono ante situaciones humanas difíciles de comprender?, ¿las juzgo a la ligera?, o, ¿trato de que Dios me hable a través de las personas, los acontecimientos...? Muchas veces, nuestros propios prejuicios son nuestros peores enemigos.

Oremos con este texto pidiéndole al Señor que nos enseñe a ser “justos” como San José:

“Oh Señor, danos la entereza de José para poder ser justos como él,
y nunca desesperemos de tu gran misericordia.
Porque tantas veces tus caminos no son los nuestros,
concédenos el saber al menos guardar silencio y no precipitarnos. AMÉN.

Contemplamos la sencillez, discreción y silencio de la obra salvadora del Señor. El mismo Jesús, el hijo, nos lo enseña:
“Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mateo 11,25)

DOMINGO 15 DE MARZO. 3º de Cuaresma “El verdadero templo dedicado a Dios” (Juan 2,13-25)



“Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas, y palomas, y a los cambistas sentados; y haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
-Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “el celo de tu casa me devora”.
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
-¿Qué signos nos muestras para obrar así?
Jesús contestó:
-Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
Los judíos replicaron:
-Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre”.

El evangelista San Juan nos cuenta cómo Jesús utilizó algunas palabras que tenían doble sentido. De manera que cuando hablaba, sus interlocutores le entendían en su sentido natural, pero Jesús las utilizaba en otro sentido sobrenatural. Veamos:

-Templo (2,21): El templo de piedra de Jerusalén. El cuerpo de Jesús como templo de Dios
-Nuevo nacimiento (3,3): “¿Cómo puede uno nacer siendo viejo?”. “Lo nacido del Espíritu, es espíritu”.
-Agua viva (4,15): “¿De dónde, pues, sacas esa agua viva?”. “El agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna”.
-Pan vivo (6,34): “Señor, danos siempre de ese pan”. “Yo soy el pan de vida”
- Levantar (12,34): “¿Cómo dices tú que el Hijo del hombre sea elevado?”. “Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

En el evangelio de hoy, Jesús usa la imagen del templo no para referirse al templo de piedra en donde está hablando, sino a su propio cuerpo como verdadero templo de Dios. Un templo que no podrá ser destruido, pues Dios lo reconstruirá para siempre con la resurrección. Está claro que el alcance de estas y otras palabras de Jesús sólo fueron comprendidas después de la resurrección.

¿Cómo meditar esta imagen de Jesús como verdadero templo de Dios? Jesús al resucitar, inaugura un nuevo culto a Dios en espíritu y en verdad. Este nuevo culto nosotros lo vivimos de dos maneras:
a) Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Esto nos lo explica muy bien San Pablo en 1 Corintios 6. Nuestro cuerpo es para el Señor, con sus deficiencias y límites, con sus tendencias,…
a) La Iglesia es el cuerpo de Cristo resucitado. Y en la Eucaristía se manifiesta la presencia de Cristo resucitado a través de su cuerpo como pan de vida. Por eso, es importante darnos cuenta de lo que tomamos, y discernirlo bien, pues sólo así será alimento de vida.

Como templos del Espíritu Santo nos dirigimos a él en la oración:

“Espíritu Santo, fuego de amor divino,
toca nuestros corazones con tu unción para que sintamos el calor de tu presencia.
Renueva nuestra mente y nuestro corazón, sana nuestras heridas, abre nuestros bloqueos,
tira por tierra nuestros prejuicios, supera nuestros miedos y temores,
inspira nuestra oración y mantenla constante y unánime.
Que tu presencia en nuestras vidas nos haga fieles discípulos,
servidores y testigos de Cristo Resucitado.
.
Espíritu Santo, soplo divino,
alienta a esta Iglesia fundada por Cristo,
para que sea en medio de este mundo, vínculo de unidad y fraternidad.
Renuévala en la unidad y en la comunión, suscita generosidad y entrega,
para que seamos templo tuyo y cuerpo de Cristo, y así demos al mundo el testimonio de la unidad. AMÉN”.

El evangelista Juan nos enseña a tener una mirada contemplativa. Nos enseña que detrás de las palabras de Jesús está la verdad de Dios, y entendiendo su sentido sobrenatural entendemos la gracia de Dios que recibimos a través de los sacramentos de la Iglesia, cuerpo de Cristo.

DOMINGO 8 DE MARZO. 2º de Cuaresma “Jesús es el hijo amado del Padre” (Marcos 9,2-9)


P.Cristóbal Sevilla
a
Seis días después, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
-Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
-Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
-No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos”.

Es muy importante entender el contexto de este texto para hacer una buena lectura. Dice “seis días después...”, ¿después de qué?, después del primer anuncio de Jesús a sus discípulos de que él tiene que padecer y sufrir mucho. Veamos lo que ocurre antes y después de este texto. Nos fijamos en la reacciones de Pedro y de los discípulos y en las respuestas que va dando Jesús:

-Un sábado en Cesarea de Filipo Pedro dice que Jesús es el Mesías. Jesús dice que no hablen de esto.
- Pedro reprende a Jesús: ¡Tú no sufrirás! Jesús dice a Pedro que sus pensamientos no son los de Dios.
-Los discípulos se sienten importantes junto a Jesús. Saben que él es grande y quieren ser “grandes” como Él. Jesús les dice que quien quiera ser importante que tome su cruz y le siga.
-Al sábado siguiente suben con Jesús a una montaña a orar. Jesús se les muestra lleno de luz, junto a Moisés y a Elías. Él es el Hijo amado del Padre, el que tenía que venir. Aunque están a gusto con Jesús, sienten miedo por la visión. Jesús les pide que no cuenten nada hasta después de la resurrección.
-Bajando del monte discuten qué querría decir eso de “resucitar”. ¿Por qué dicen los escribas que primero debe venir Elias? Jesús les dice que es verdad, que Elías ya ha venido (deducimos que es Juan el Bautista), y han hecho con él lo que han querido.

Los que vivieron esta escena de la transfiguración de Jesús (Pedro, Santiago y Juan) recuerdan que ocurrió una semana después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Y aunque el texto no lo dice, creo que pudo ser un sábado, un día muy señalado que hace que después se pudieran acordar de este detalle.
Jesús, al igual que hizo en el momento del comienzo de su misión con el bautismo, ahora va a ser también ungido por el Padre para afrontar su misión más difícil: subir a Jerusalén, y allí estar dispuesto a morir en la cruz. Y en esta unción de Jesús, van a participar tres de sus discípulos, los que también le acompañarán en la noche de Getsemaní. Jesús hace que estos tres que le acompañan participen también de esta visión de su gloria.
Estamos ante unos textos muy importantes de la propia conciencia que tiene Jesús de ser el enviado del Padre para nuestra salvación y de que el Padre y él son lo mismo: “El Padre está en mí, y yo en el Padre” (Juan 10,38).

Desde la meditación, esta escena de la transfiguración de Jesús nos muestra el verdadero conocimiento de Jesús como nuestro salvador. Él es el hijo amado del Padre, el que tendrá que vencer a la muerte y resucitar por todos nosotros.
Los que tratamos de unirnos a Jesús como discípulos suyos, sabemos que conocerle a él es algo más que conocer sus palabras o estudiar los evangelios; es ante todo, entrar con él en la experiencia de su muerte y de su resurrección. ¿Buscamos en nuestra vida de oración esta manera de conocer a Jesús?, ¿o nos conformamos con cualquier imagen, con la última opinión de alguien?, ¿qué experiencia tengo en mi vida de haber conocido la cruz y la resurrección de Jesús?

Como oración, nos sirve hoy ésta de la introducción de Jaume Boada en el libro de Matta El Meskin, consejos para la oración (Narcea):

“Vengo del rostro de Cristo. En el desierto lo he buscado con amor.
He visto su rostro profundamente humano, y plenamente hijo de Dios.
He visto a Cristo el enviado del Padre. Es su rostro de amor.
Lo he visto en la cruz. Me he unido a su cruz.
Lo vi como camino. He recorrido este camino.
Lo he encontrado como verdad. He vivido la añoranza de la verdad.
El es la vida. Lo sentí vivo, transfigurado, resucitado.
He visto sus manos vacías y sus manos traspasadas por la entrega en la cruz.
Estuve al lado, viendo con mis propios ojos su amor por todos los hombres,
Su llanto por los que lo ignoran, su deseo de poder llegar a ser el sentido de la
Vida de todos aquellos que quieren vivir”

Contemplamos el rostro transfigurado de Cristo, rostro de Hijo, rostro doliente en la cruz que se prolonga en el sufrimiento de nuestros hermanos, y rostro glorioso del resucitado en el que encontramos la vida. Le podemos decir a Jesús, lo mismo que le dijo Pedro cuando se encontró con el resucitado: “Tú sabes que te quiero” (Juan 21,15-17).


“El desierto de Jesús” (Marcos 1,12-15) DOMINGO 1 DE MARZO DE 2009. 1º de Cuaresma




“El Espíritu empujó a Jesús al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar en Evangelio de Dios, decía:
-Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia.”

Que el desierto era importante para el antiguo pueblo de Israel es algo conocido por todos. Y esto no sólo por la geografía de la tierra palestina, con grandes extensiones desérticas, sino ante todo por su historia. Israel se formó como pueblo de Dios en el desierto, cuando volvía de la esclavitud de Egipto. Allí aprendió que no bastaba con salir físicamente de Egipto sino que tenía que salir también mentalmente y de corazón de la esclavitud.
En el desierto, el pueblo de Israel tuvo que aprender que su corazón y su mente eran del Dios que les sacó de Egipto, y que a partir de ahora no se debían dejar someter por ninguna tiranía. En este lugar, alejado de todo interés territorial y de toda ansia política y económica, el pueblo guiado por Moisés descubrió que su identidad como pueblo y su destino era ser el pueblo de Dios, no construir imperios, ni ejércitos, ...
El desierto fue para Israel un lugar de prueba, en donde aprendió, no sin gran esfuerzo y sacrificio, a ser un pueblo libre para cumplir su destino de pueblo de Dios, liberado de sus propios miedos y complejos (¡eran apenas unas pocas tribus nómadas!), y de la opresión de los demás reinos y sus tiranías.
A lo largo de la historia de Israel como pueblo, los profetas, ante la continua tentación de caer en la esclavitud propia (idolatría) o ajena (pactos con los otros pueblos) tuvieron que recordar continuamente cuál era su verdadera identidad como pueblo. Y en la predicación profética el desierto aparecía con frecuencia (Oseas 2; 11; 12; 13; Jeremías 2; 31; Ezequiel 20,35...).
Jesús, antes de iniciar su misión como Hijo de Dios y Salvador siente el impulso del Espíritu de ir al desierto. Y es que la misión de Jesús va a ser un nuevo Éxodo para todos nosotros, y en este nuevo Éxodo para nuestra liberación, Jesús realizará la Nueva y definitiva Alianza de Dios con su pueblo, que somos todos nosotros.

Meditar el desierto es darnos cuenta en primer lugar que la vida cristiana es un camino largo. Y en nuestra búsqueda de una espiritualidad auténtica y enraizada en Jesús lo primero que tenemos que preguntarnos es: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, y ¿ante quién tengo que dar cuentas?
Por eso, cuando nos paramos a meditar, ayudados por las palabras de Jesús, y sobre todo en ciertos momentos fuertes como el que comenzamos ahora con la Cuaresma, tenemos que preguntarnos ante la misericordia de Dios, ¿cuál es nuestro camino?
El desierto de la renuncia, del silencio, de la oración..., aunque estemos en medio del ajetreo de la vida ciudadana nos ayuda a enderezar nuestro camino y a centrarnos más en Dios. Por eso, no tenemos miedo a la renuncia y al sacrificio; pues esto, para nosotros, no es ningún signo de debilidad y de perdedores, sino al contrario, de saber qué es lo más importante y a quién realmente queremos servir.
Toda liberación necesita un éxodo, una salida de la esclavitud, un ponerse en camino. Y todo éxodo necesita un desierto.

Descubrir el valor del desierto, es encontrar la importancia del abandono en Dios, es lo que encontró Charles de Foucauld. Rezamos con su oración del abandono:

Padre, me abandono a ti; Haz de mí lo que quieras,
Sea lo que sea, Te doy las gracias,
Lo acepto todo con tal que tu voluntad,
se cumpla en mí y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre. No deseo nada más.
Yo te ofrezco mi alma y te la doy con todo el amor de que soy capaz,
porque deseo darme, ponerme en tus manos,
sin medida, con infinita confianza.
Porque Tú eres mi Padre.

Nuestra contemplación hoy es una humilde mirada de abandono en quien de verdad podemos confiar. El desierto nos enseña a valorar qué es lo más importante.
A
P. Cristóbal Sevilla

“Les proponía la Palabra” (Marcos 2,1-12) DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2009




P. Cristóbal Sevilla


“Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la Palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, abrieron el tejado encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico:
-Hijo, tus pecados quedan perdonados.
Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
-¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
-¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”?
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados...
Entonces le dijo al paralítico:
-Contigo hablo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo:
-Nunca hemos visto una cosa igual”


Jesús estaba en casa de Simón y Andrés en Cafarnaún. “Proponía la Palabra”. No se trata de una palabra cualquiera, estaba proponiendo la Palabra de Dios. Estaba hablando de Dios, que es la palabra por excelencia, estaba mostrando a Dios. Lo que en el Antiguo Testamento Dios hace a través de la Palabra: crea y salva, lo manifiesta Jesús con su palabra y sus obras:

-Expulsa los demonios gracias al “dedo de Dios” (Ver Éxodo 8,15 y Salmo 8,4: el poder liberador y creador de Dios: Lucas 11,20//Marcos 3,22-30).
-Perdona los pecados: -¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios”
-Somete la naturaleza (el poder creador de Dios): -“Pues, ¿quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4,35-41); -¡Ánimo que soy yo, no temáis! (Camina sobre las aguas, Marcos 6,45-52)

Jesús acompaña esta Palabra con un signo: cura a un paralítico que le presentan. La palabra que le dirige a este hombre necesitado es: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. Esta palabra se manifiesta como evangelio, como buena noticia para el paralítico y todos los allí presentes, y también como profecía para todos nosotros, pues llegará un día en el que nadie dirá: “estoy enfermo, pues al pueblo le será perdonada su culpa” (Isaías 33,24). Esta profecía empieza ya a cumplirse con Jesús.
Algunos de los allí presentes acusan a Jesús de blasfemo, pues con su palabra y los hechos que acompañan a su palabra manifiesta el poder creador y salvador de Dios. No quieren aceptar que esto sea así. Estos pretendían conocer teóricamente a Dios, un conocimiento que ellos pudieran manejar a su antojo, pero no quieren abrir su corazón a la manifestación de Dios en Jesús.
Esta actitud de los letrados, que eran los doctos y entendidos del momento, contrasta con la del resto de la gente sencilla que al ver lo que hace Jesús y al escuchar su Palabra dan gloria a Dios, pues sienten que el poder de Dios se está manifestando en medio de su pueblo.

Para entender a Jesús necesitamos escuchar su Palabra con nuestro corazón, como hacía la gente que se agolpaba en torno a Él. El corazón es el lugar del entendimiento, de la toma de decisiones en la Biblia. Por eso, necesitamos meditar la Palabra con el corazón. Y Jesús es la Palabra. Por eso ponemos en él nuestro corazón y pedimos que el Espíritu Santo haga de nuestro corazón un corazón sencillo para aceptar la Palabra.

Señor, Dios nuestro, te doy gracias porque estoy aquí para escuchar tu palabra:
en ella tú nos muestras tu amor y nos haces conocer tu voluntad.
Haz callar dentro de mí todas las demás voces que no sean la tuya.
Manda tu Espíritu Santo a abrir mi mente y a curar mi corazón,
para que el encuentro con tu palabra sea un encuentro con tu hijo Jesucristo,
palabra hecha carne, y así lo conozca más y lo ame más. AMEN